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Economía rota, arquitectura e ingeniería social
Por Gisela Ontiveros/ GoGo @Gittyss
Pronóstico Reservado/ Causa Mx
No es una profecía sobre el futuro.
Es la lectura incómoda de un sistema que ya no sabe gobernar con bienestar y
se atrinchera en el control
El librero está en penumbra, pero hay un lomo que siempre delata su lugar. No tiene título, no tiene dibujo, solo un reflejo dorado que atrapa la luz aunque la habitación esté casi a oscuras. Alargo la mano y la saco con cuidado: la libreta dorada. No es un adorno. Es mi archivo secreto de cosas que todavía no terminan de encajar.
La llevo al escritorio como quien baja una caja fuerte. Blake, mi perro, levanta la cabeza desde su cama, me mira un instante y vuelve a acomodarse. Él ya sabe: cuando aparece esta libreta no estoy buscando una nota rápida para el noticiero, sino el hilo de fondo, ese que casi nadie quiere ver. Afuera parpadean las luces de Navidad; adentro, en cuanto abro la primera página, empiezan a encenderse otras luces: fechas, cifras, decisiones, frases subrayadas a lo largo de años.
No empiezo por The Economist, ni por Davos, ni por los discursos de moda. Empiezo por una sensación muy simple y muy terca: algo no cuadra. Los gobiernos hablan de estabilidad cuando las deudas están al límite. Prometen control cuando todo se desordena. Ofrecen seguridad mientras desmontan los sistemas que protegían a la gente.
Por eso esta libreta brilla más que los demás libros del librero: porque no guarda predicciones, guarda rastros. Lo que voy a escribir aquí no es un cuento de ciencia ficción sobre el 2026. Es otra cosa más incómoda: la agenda invisible del poder que se ha ido colando, línea por línea, mientras todos mirábamos hacia otro lado.
Aquí fui anotando, a pedazos, lo que no encajaba: deudas imposibles de pagar, reformas exprés, nuevos sistemas de vigilancia, discursos calcados sobre “seguridad”, “estabilidad” y “transición ordenada”. Nada de esto es una predicción mágica: son apuntes tomados al vuelo, noticias subrayadas, cifras que se repiten demasiado como para ser casualidad.
Solo hoy me atrevo a formularlo claro: lo que está escrito en estas páginas no es el futuro, es la agenda invisible del poder para 2026. No son profecías. Son decisiones ya tomadas: quién va a perder, quién va a ganar y cuánto control están dispuestos a imponer para salvar su modelo a costa de nuestras vidas.
I. El punto de partida real: la economía rota
Empiezo por donde casi nadie quiere empezar: el dinero.
No el de nuestros bolsillos, sino el de arriba, ese que solo existe en gráficas, bonos y pantallas de Bloomberg.
Paso las páginas de la libreta dorada y veo la misma cifra subrayada tres veces, con plumón rojo: la deuda global supera ya más de tres veces lo que el mundo produce en un año. Más del 330 % del PIB mundial en deudas públicas y privadas apiladas una encima de otra, según el FMI y el Banco de Pagos Internacionales. No es un bache, es una pared.
Estados Unidos, la “locomotora” del sistema, lleva años gastando mucho más de lo que ingresa. Déficits fiscales estructurales por encima del 6 % del PIB, sin una guerra mundial que lo justifique, sin un plan real de corrección, solo pateando la lata hacia adelante. Europa no está mucho mejor: deuda alta, crecimiento débil, una crisis energética que se convirtió en hábito, no en excepción. Y en el sur del mapa, las economías llamadas “emergentes” viven con la soga al cuello del refinanciamiento: cada dos o tres años, una nueva ronda de ajustes, una nueva carta de intención, una nueva factura que siempre paga la población.
Subrayo otra línea que escribí hace meses:
“El modelo ya no produce bienestar, solo extrae”.
No es una metáfora. En muchas regiones, el PIB “crece” pero la gente vive peor. La productividad aumenta, pero los salarios reales se estancan o caen. La clase media, ese grupo que durante décadas fue la promesa del capitalismo, se está adelgazando como una foto vieja demasiado expuesta a la luz.
No es casualidad: desde hace décadas, la línea de la productividad se separó de la línea de los salarios, y la diferencia se la quedó alguien más. Ese “alguien” es muy concreto: el 1 % más rico concentra más del 40–45 % de la riqueza global, y una parte creciente de esa riqueza no viene de producir cosas, sino de extraer rentas: deudas, alquileres, tarifas, especulación financiera. La financiarización no es una palabra elegante, es la descripción fría de cómo el dinero dejó de ser herramienta y se volvió dueño.
Respiro hondo. No estoy escribiendo un panfleto, estoy ordenando hechos.
En la parte superior de la página escribo:
II. Hipótesis del bloque económico
La aceleración del control político, social y digital no surge de una ambición ideológica nueva,
sino del reconocimiento interno de un colapso económico estructural que el poder ya no puede revertir.
El sistema ya no puede sostener al mismo tiempo
la concentración obscena de privilegios y la inclusión social.
Ante ese límite, el poder elige administrar el colapso mediante control,
no reformar el modelo ni redistribuir.
Durante años, el sistema se sostuvo con una combinación muy precisa:
-Crecimiento sostenido con deuda.
-Conflictos sociales tapados con crédito barato.
-Desigualdad maquillada con consumo.
-Producción desplazada por especulación.
Funcionó mientras había ciertas condiciones: población joven, recursos baratos, expectativas de ascenso social y un mínimo de confianza en las instituciones. Hoy, esos cuatro pilares están erosionados. La población envejece en el norte, se precariza en el sur. Los recursos fáciles ya no lo son. La movilidad social se volvió un mito en muchos países. Y la confianza, esa palabra tan frágil, se fue por el desagüe junto con el pacto social.
Aquí aparece la frase que más trabajo me costó escribir, porque es brutal en su simpleza:
El problema no es que los recursos se estén acabando.
El problema es que ya no alcanzan para sostener el modelo actual con inclusión social.
Es decir: el pastel ya no da para seguir alimentando una élite cada vez más rica y, al mismo tiempo, sostener una clase media estable y una base social mínimamente protegida.
Y frente a ese límite, el poder tuvo dos opciones históricas muy claras:
1. Reducir privilegios y redistribuir
Implicaba aceptar menor concentración, renegociar el pacto social, perder poder relativo y admitir que el modelo debía cambiar de raíz.
2. Reducir a la sociedad
Es decir: concentrar tierra, agua, alimentos, datos y capital; convertir a la población en variable gestionable, no en sujeto político; administrar el deterioro en vez de repararlo.
En la libreta, al lado de ese esquema, escribí una sola frase:
“Eligieron la segunda.”
Lo vemos en todas partes, aunque cambien los nombres y las banderas.
La deuda se usa como herramienta de disciplina: los Estados endeudados pierden soberanía, los “ajustes” recaen casi siempre en la población, los servicios públicos se deterioran, y ese deterioro abre la puerta perfecta para privatizar todo lo que aún funciona: agua, energía, salud, educación, pensiones.
Los recortes presupuestales van casi siempre en la misma dirección: gastar menos en lo social, adelgazar sistemas de salud y educación, reducir pensiones, desmantelar políticas públicas que sostenían mínimamente a las mayorías. Al mismo tiempo, la inflación funciona como un impuesto silencioso sobre los más pobres: los salarios no alcanzan, el costo de vida sube, y la clase media se va desdibujando hasta convertirse en pura sobrevivencia con tarjeta de crédito.
Las crisis, a su vez, no solo se padecen: se gestionan, se inducen, se reciclan. Guerras que destruyen infraestructura y justifican planes de reconstrucción financiados con nueva deuda. Crisis energéticas que disparan precios y permiten ganancias extraordinarias a ciertos sectores. Emergencias sanitarias o climáticas que legitiman medidas “excepcionales” que luego se quedan para siempre.
Mientras tanto, el desplazamiento económico avanza como una marea silenciosa:
– la pequeña y mediana empresa cierra o vende
-los mercados nacionales y locales son desplazados por cadenas globales y plataformas
-las comunidades pierden capacidad de producir y abastecerse, y pasan a depender de grandes corporaciones o de programas de ayuda mínima
La precarización deja de ser un accidente y se convierte en norma: empleos inestables, ingresos que no alcanzan, dependencia del Estado o de aplicaciones para sobrevivir, deuda por todos lados.
No es torpeza. Es una arquitectura.
El modelo actual no está preparando un futuro mejor, está tratando de sobrevivir a sí mismo. Y como ya no puede ofrecer bienestar real ni movilidad social creíble, reemplaza el consenso por otra cosa: control.
Cierro un momento los ojos y leo en voz baja lo que escribí en la esquina de la página, casi como un veredicto:
Cuando el poder deja de generar bienestar,
empieza a gobernar por administración de daño.
Ya no te promete un futuro,
te gestiona el colapso.
Desde aquí, desde esta economía rota, se entiende todo lo que viene después: la propaganda, la vigilancia, las narrativas del miedo, las reformas exprés, los sistemas digitales de control. No son caprichos ideológicos. Son la respuesta desesperada de un modelo que sabe que ya no puede sostener a todos, y ha decidido salvarse a sí mismo… recortándonos a nosotros.
III. The Economist: la narrativa que prepara el terreno
Paso la página de la libreta dorada.
Arriba, en mayúsculas, ya había escrito hace meses:
“The Economist: cómo se prepara la mente del poder.”
No es una revista cualquiera. No la encuentras en la sala de espera del dentista de barrio. The Economist la leen sobre todo ministros de finanzas, tecnócratas, banqueros centrales, CEOs, consultores, académicos de élite. Es un periódico semanal, sí, pero su verdadero trabajo está en otra capa: dar lenguaje al poder para que piense —y sienta— el mundo de una manera muy específica.
Escribo en el margen, casi como si tuviera que recordármelo a mí misma:
Cuando el poder entiende que no puede reconstruir la economía
ni sostener el bienestar social,
necesita preparar psicológicamente a élites, gobiernos y sociedades
para aceptar el deterioro como algo inevitable.
The Economist no informa el futuro:
lo normaliza antes de que ocurra.
Vuelvo a abrir las ediciones especiales de fin de año, esas que colecciono: The World Ahead. No están pensadas para el gran público; son manuales de anticipación estratégica. No le hablan al ciudadano, le hablan al que decide. Y lo que dicen, repetido edición tras edición reciente, sigue el mismo guion.
Subrayo con otra tinta:
– La guerra ya no es excepción: es “nueva normalidad”.
– La crisis fiscal de los Estados no es problema político: es dato estructural.
– El reordenamiento geopolítico no es opción: es “inevitable”.
– Los sacrificios sociales no se discuten: se presentan como “indispensables”.
– El fin del crecimiento inclusivo no se nombra así: se disfraza de “realismo económico”.
Me detengo en un detalle que parece menor, pero no lo es: hace años hablaban de “riesgos”; ahora hablan de “escenarios inevitables”. Ese cambio de palabra es una confesión. Cuando todo es riesgo, todavía hay margen de maniobra. Cuando todo es inevitable, el margen desaparece: lo único que queda es adaptarse.
Releo mis notas:
The Economist casi nunca propone salidas económicas reales.
No habla de redistribución.
No habla de reconstrucción productiva profunda.
No habla de fortalecer la base social.
Habla de otra cosa: adaptación, resiliencia, gestión del daño.
Es el lenguaje de un médico que ya no promete curar, solo contener.
Y aquí aparece la lógica de fondo:
cuando no hay solución estructural, se construye un relato de inevitabilidad.
La función de esa narrativa, lo veo cada vez más claro, es triple:
1. Reducir la resistencia social anticipadamente
Si desde hoy te repiten que la guerra, la austeridad, la pérdida de derechos y la precariedad son el “nuevo normal”, cuando lleguen, dolerán, pero sorprenderán menos.
2. Justificar decisiones impopulares como “técnicas”
No son elecciones políticas discutibles, son “necesidades” derivadas de modelos, gráficos, proyecciones. Si protestas, parece que protestas contra las matemáticas.
3. Presentar el despojo como necesidad histórica
La destrucción de servicios públicos, la privatización de lo común, la concentración de riqueza… todo se ordena bajo un paraguas: “no había alternativa”.
Paso hojas viejas que ya había subrayado.
Las guerras ya no se cuentan solo en muertos y ciudades destruidas, sino como “reacomodos geopolíticos necesarios para la estabilidad de largo plazo”.
La pérdida de derechos sociales se resume en una frase seca: “ajustes fiscales ineludibles”.
La precarización laboral se bautiza como “flexibilidad” para un mercado cambiante.
El colapso de instituciones democráticas se redefine como “transición compleja hacia nuevos arreglos”.
No es miedo vulgar.
No es el grito histérico de un noticiero chatarra.
Es miedo sofisticado, formulado en términos elegantes, dirigido a quienes firman presupuestos, tratados y paquetes de reformas.
Anoto en la libreta, con letra grande para que no se me olvide:
“Cuando el lenguaje se vuelve técnico, el dolor se vuelve invisible”.
Porque detrás de cada “reforma estructural” hay personas que pierden casa, trabajo, pensión, salud.
Detrás de cada “reordenamiento geopolítico” hay territorios arrasados y desplazados sin regreso.
Detrás de cada “ajuste fiscal inevitable” hay hospitales que cierran, escuelas que se deterioran, barrios que se empobrecen.
The Economist no necesita mentir burdamente.
Su tarea es otra: decidir qué se nombra y cómo se nombra.
-Si la guerra es “gestión de riesgos”.
-Si la pobreza es “tensión social”.
-Si el hambre es “inseguridad alimentaria”.
-Si la huida de millones es “movilidad humana”.
Entonces el horror queda desinfectado y listo para ser administrado.
Cierro un momento la revista y miro la libreta.
No estoy diciendo que haya una sala secreta donde The Economist ordene al mundo qué hacer. Eso sería cómodo, casi infantil. Lo que cumple la revista es una función sistémica: ofrece al poder un guion intelectual, un diccionario, una brújula para aceptar el colapso sin cuestionar sus causas de fondo.
Escribo la conclusión del bloque como si fuera una línea de guion para el episodio:
The Economist no conspira,
traduce el colapso en lenguaje respetable.
Prepara la mente del poder para administrar el deterioro,
sin tocar la raíz del modelo que lo provocó.
Debajo, una frase que será nuestro hilo para el resto del análisis:
Normalización del colapso como estrategia de gobierno.
Paso la página.
Si The Economist le da palabras al poder, la siguiente pregunta es inevitable:
¿quién construye, día a día, la pantalla por donde esas palabras se filtran hasta nosotros?
En la esquina superior escribo el siguiente título:
IV. Google: el arquitecto silencioso de la realidad.
Abro otra pestaña en la computadora y escribo una palabra cualquiera en el buscador. A estas alturas sé que lo importante no es lo que yo escribo, sino lo que Google decide mostrarme primero. En la libreta dorada, en la parte de arriba de la página, ya había escrito el título de este tramo de investigación: Google, el arquitecto silencioso de la realidad.
Formulo la idea central para no perder el hilo: cuando The Economist instala la narrativa del colapso en las élites, Google la distribuye, la fragmenta y la adapta a cada individuo. No controla directamente lo que pensamos, pero sí decide qué realidad vemos primero.
No estoy jugando con metáforas. En muchos países, Google concentra más del noventa por ciento del mercado de búsquedas. Para millones de personas, lo que no aparece ahí simplemente no existe. Y el segundo buscador más usado del mundo es YouTube, que también es de Google. Dos puertas gigantes al mundo controladas por la misma empresa.
Releo mis notas: los algoritmos de recomendación no premian la serenidad ni el contexto, premian lo que nos mueve. Contenidos que activan emociones fuertes, conflicto, miedo, polémica, indignación. Lo que te deja atrapado, no lo que te deja pensando. El negocio es la atención, y en la economía de la atención el miedo, la rabia y el morbo resultan más rentables que la información sosegada.
Google, además, no le enseña lo mismo a todo el mundo. Ajusta el resultado según el historial de búsqueda, la ubicación geográfica, el dispositivo, las interacciones previas y un perfil psicológico inferido a partir de todo eso. Por eso escribí una frase que me sigue pareciendo brutal por su sencillez: dos personas buscando lo mismo no reciben la misma realidad.
Para comprobarlo hice la prueba más sencilla. Abrí dos navegadores distintos, con dos cuentas diferentes, y busqué lo mismo: una noticia económica, una guerra, un conflicto social. Los resultados no coincidían. Cambiaba el orden, cambiaban las fuentes, cambiaba qué aparecía destacado y qué quedaba al fondo. Esa pequeña variación repetida millones de veces cambia el mapa completo.
Ahí entendí algo que ya no pude dejar de ver: Google no solo informa, ordena el mundo. No necesita censurar en masa ni prohibirlo todo en público. Le basta con empujar ciertas cosas hacia arriba, dejar otras sepultadas en la página cuatro, sugerirte un video y no otro, mostrarte ciertos medios primero y otros casi nunca. El control no aparece como un decreto, aparece como una lista de resultados.
En lenguaje muy simple, para no engañarme, lo escribí así en la libreta: no hay un solo Google, hay un Google por persona. Cada usuario vive dentro de una burbuja informativa hecha a su medida. A unos se les alimenta con miedo: crimen, caos, amenazas, colapso. A otros se les sirve distracción: chismes, escándalos superficiales, concursos, bromas. A otros se les coloca sobre todo propaganda: discursos oficiales, voceros, medios alineados, relatos cómodos. A muchos simplemente se les niega ciertas ventanas: ciertos temas no desaparecen del sistema, pero nunca llegan a su pantalla.
El control ya no es el del viejo noticiero vertical, donde una sola voz bajaba desde arriba. Ahora es personalizado, granular, silencioso. La segmentación hace el trabajo que antes hacía la censura visible.
Pienso también en mi propio trabajo. Veo cómo un análisis con datos, contexto y bibliografía queda hundido, mientras piezas emocionales sin fondo se disparan en vistas. No es solo “lo que le gusta a la gente”, es diseño algorítmico. Temas económicos críticos, como deuda, privatizaciones, tratados o reformas, pueden desaparecer casi por completo del radar de quienes solo consumen entretenimiento ligero. Contenidos incómodos no siempre se borran: se entierran bajo montañas de ruido. Formalmente “están ahí”, pero casi nadie llega. Los discursos oficiales pueden amplificarse selectivamente, mientras las voces críticas quedan confinadas en nichos muy pequeños. Las investigaciones profundas son relegadas detrás de resúmenes fáciles, opiniones simplificadas o videos diseñados para emocionar sin explicar.
En la libreta dejé escrita una frase que ya se volvió guía para este episodio: no hay una sola realidad, hay realidades administradas. Porque eso es lo que hace Google a gran escala: administrar el acceso, la visibilidad y el orden de lo que vemos. No te dice abiertamente qué creer, pero sí decide qué ves primero, qué ves más, qué casi nunca ves.
La diferencia no es menor. Si tú y yo buscamos “crisis económica” y a ti te aparecen análisis que hablan de “ajustes necesarios” y “austeridad responsable”, mientras a mí me salen textos sobre corrupción, desigualdad y despojo, estamos viviendo en mapas políticos distintos. Si tú solo ves videos donde se culpa a la población por el caos y yo solo veo videos donde se culpa a las élites, el conflicto ya viene precocinado.
Al final del día, la frase que mejor resume este bloque la anoté casi como un veredicto: Google no impone una verdad, impone prioridades. Y quien controla las prioridades controla el marco mental desde el cual interpretamos el mundo.
No hace falta prohibirlo todo cuando puedes fragmentarlo todo. No hace falta una censura visible cuando basta con empujar algunas cosas al fondo y poner otras siempre en primer plano.
Cierro el navegador. Blake se estira a mis pies como si nada pasara. Pero en la libreta el mapa ya quedó claro: The Economist ofrece al poder las palabras para aceptar el colapso. Google diseña las ventanas desde las que lo miramos. El siguiente paso es inevitable: ir a los lugares donde todavía hablamos entre nosotros, donde reaccionamos, donde discutimos a cielo abierto.
En la parte superior de la página siguiente escribo la frase que abre el próximo tramo de esta investigación:
“Redes sociales: el lugar donde el poder intenta controlar… y donde, sin querer, deja escapar la grieta.”
Paso la página de la libreta dorada. La tinta todavía está fresca donde escribí “Google no impone una verdad, impone prioridades”. Pero hay algo que no cuadra del todo. Si los buscadores y los medios grandes pueden modular tanto lo que vemos… ¿por qué, entonces, el malestar aparece una y otra vez en redes sociales, como si se escapara por las rendijas?
Escribo el título del siguiente bloque:
V. Redes sociales: control y grieta al mismo tiempo
Pienso en algo obvio que a veces olvidamos: más de la mitad de la humanidad usa redes de manera activa. Facebook, X, TikTok, Instagram, YouTube… ahí se concentra la conversación pública cotidiana. No son solo plataformas de ocio, son el lugar donde mucha gente se informa, se desahoga, discute, organiza, insulta, consuela, aprende y desconfía. No son una plaza limpia, son un mercado ruidoso.
Anoto la hipótesis en una sola línea, para no perderme en adornos: las redes sociales fueron diseñadas como herramientas de control emocional y político, pero su estructura horizontal genera fugas constantes que el poder no logra cerrar del todo.
Miro mi propio historial. Cada vez que una red quiere retenernos más tiempo, sus algoritmos hacen lo mismo: empujan hacia arriba lo que más nos activa. Contenidos que polarizan, que indignan, que confrontan, que nos hacen reaccionar con un emoji o con una furia que no cabe en el teclado. No es un accidente: la economía de estas plataformas se alimenta de atención, y la atención se captura más fácil con extremos que con matices.
Pero aquí aparece la primera grieta. A diferencia de Google, las redes no son un archivo, son una plaza. En ellas no solo “consumimos” información: la producimos. Subimos videos, escribimos hilos, comentamos, reenviamos, peleamos. No es un flujo de arriba hacia abajo, es un enjambre lateral.
El poder, por supuesto, intenta domesticar ese enjambre. Lo veo todos los días: campañas oficiales disfrazadas de opinión, influencers alineados, granjas de bots, pauta pagada para limpiar la imagen de un gobierno o destruir la de un adversario. También lo veo en sentido inverso: mensajes borrados, cuentas suspendidas, temas que se hunden misteriosamente, sombras de censura que nadie reconoce abiertamente.
Y sin embargo, algo se les escapa.
Anoto: “La comunicación ya no es vertical. No baja del poder a la sociedad, circula entre personas”.
Cuando esa circulación se vuelve horizontal, el control pierde precisión. Puedes tratar de inundar la red con propaganda, pero no puedes predecir qué hará la gente con ella: a veces la comparte indignada, a veces la ridiculiza, a veces la desmonta con datos, a veces la ignora. Puedes intentar silenciar un tema, pero si toca una fibra real, reaparece como agua que encuentra otro cauce.
Pienso en ejemplos que se repiten en distintos países, con distintos gobiernos y diferentes plataformas. Investigaciones que casi no aparecen en los grandes medios, pero terminan explotando en un video casero que se vuelve viral. Denuncias locales sobre corrupción, violencia o despojo que, en teoría, deberían quedar atrapadas en un municipio, y sin embargo viajan de grupo en grupo hasta convertirse en tendencia nacional. Casos donde el discurso oficial dice “todo está en calma”, mientras los vídeos de usuarios muestran represión, abuso o desastre.
Las redes están llenas de ruido, sí. Pero dentro de ese ruido también se cuela algo que los algoritmos no terminan de domesticar: la experiencia directa. El video grabado desde la ventana. La foto del hospital sin medicamentos. La transmisión improvisada desde una marcha. El comentario de alguien que estuvo ahí y que contradice la versión perfecta del vocero.
Escribo otra frase en la libreta, subrayada: “El poder puede modular el ruido, pero no silenciar la plaza”.
No idealizo estas plataformas. Sé que son empresas privadas, con dueños, intereses, filtros y sesgos. Sé que pueden hundir o levantar contenidos según lo que les convenga comercial o políticamente. Sé que han premiado a quienes venden miedo o manipulación, mientras asfixian trabajos más rigurosos. Pero también sé que millones de personas las usan para algo que el poder no calcula bien: dejar rastro.
Rastro de su indignación, rastro de su cansancio, rastro de su desconfianza.
Una cosa más ha cambiado, y la escribo a un lado: “La gente empieza a etiquetar la manipulación”. Cada vez más usuarios reconocen qué medios están pagados, qué cuentas son bots, qué campañas son coordinadas, qué discursos son copia-pega de un guion. No todos, no siempre, no en todas partes. Pero lo suficiente como para que la vieja propaganda ya no funcione igual.
Esto no significa que las redes sean “el lugar de la verdad”. Significa algo más incómodo: son el lugar donde la realidad fragmentada empieza a recomponerse como conflicto visible. Donde lo que Google separa en burbujas, a veces se estrella en un mismo hilo: el que cree ciegamente en el Estado, el que desconfía de todo, el que solo quiere entender, el que insulta, el que aporta datos, el que grava desde el territorio.
Cierro este bloque con una imagen que me ayuda a no confundirme: las redes son, al mismo tiempo, herramienta de manipulación y espejo sucio del malestar social. Sirven para controlar, pero también para exhibir el intento de control. Son un campo de batalla donde el poder juega, pero ya no juega solo.
En la última línea de la página escribo, casi como una síntesis más fría que poética:
El control pierde eficacia cuando la comunicación se vuelve horizontal.
Y debajo, una nota para mí mismo, para el siguiente salto de este episodio:
“Si las redes son la plaza ruidosa, ¿qué pasa cuando la plaza se vacía, el Estado se retira y el territorio queda en manos de otros? Ahí empieza la arquitectura del despojo”.
Dejo el teléfono sobre la mesa. Cierro las pestañas del navegador, apago las notificaciones. Basta de pantallas por un momento. Si todo se quedara en narrativas, portadas y algoritmos, el mundo sería incómodo, pero no tan brutal. El problema aparece cuando levanto la vista de la libreta y miro lo que pasa en el territorio, en la economía real, en la vida de la gente.
Ahí, en el piso, la historia es otra.
Escribo en la parte de arriba de la página: “Vaciar · Ocupar · Privatizar · Controlar”. No es un slogan, es la secuencia que he visto repetirse tantas veces que ya no puedo llamarla casualidad.
VI. La arquitectura del despojo: vaciar, ocupar, privatizar, controlar
El poder no gobierna solo convenciendo. Gobierna reconfigurando materialmente las condiciones de vida. No solo te cambia la historia que lees: te cambia el suelo que pisas.
Lo primero que salta a la vista, cuando reviso informes y noticias de los últimos años, es la misma constelación de fenómenos: crece la privatización de recursos estratégicos, aumentan las concesiones de tierra y agua, se concentran cada vez más el negocio de los alimentos y de la energía en pocas manos. Al mismo tiempo, hay más migración forzada, más Estados que pierden control sobre partes de su territorio, más dependencia financiera, menos producción local, menos soberanía alimentaria, menos capacidad estatal para garantizar lo básico. No son hechos aislados: son piezas de un método.
La primera fase la llamo “Vaciar”. No siempre llega con tanques. Muchas veces llega en forma de violencia que no termina nunca, de inseguridad crónica, de crisis económica que se come los pequeños negocios, de instituciones que dejan de funcionar, de leyes que ya no protegen a nadie. No hace falta una orden de desalojo para que una comunidad se vaya: basta con hacer la vida inviable.
Cuando un territorio se “vacía” no es porque la gente quiera irse, sino porque deja de poder quedarse. Proyectos que se abandonan, familias que migran, redes comunitarias que se rompen. La gente entra en modo supervivencia. Ya no hay tiempo ni energía para defender lo común, solo para salvar a los hijos, la casa, la siguiente semana.
En la libreta escribo: “Vaciar no es expulsar de golpe, es desgastar hasta que resistir parezca locura”.
La segunda fase es “Ocupar”. Cuando el Estado se retira, se debilita o se corrompe hasta volverse irreconocible, el vacío no queda vacío mucho tiempo. Entran otros actores: corporaciones, fondos de inversión, grupos armados, intermediarios privados de todo tipo. No se hacen cargo de todo, solo de lo que importa para el negocio: rutas, territorios clave, recursos estratégicos, decisiones que mueven dinero.
La ocupación no siempre se ve en uniforme. A veces se firma en un contrato, en una concesión, en una alianza “público–privada”, en un fideicomiso opaco. Otras veces llega con hombres armados que controlan caminos, puertos, fronteras, cultivos, minas. Pero la lógica es la misma: lo que era de todos pasa a estar bajo el control de unos cuantos, aunque la bandera que flamee diga “Estado”, “empresa”, “seguridad” o “reconstrucción”.
La tercera fase: “Privatizar”. Una vez vaciado y ocupado el territorio, lo que antes era común se convierte en mercancía. Tierra, agua, alimentos, infraestructura, servicios básicos. Todo aquello que permitía a una comunidad sostenerse con cierto margen de autonomía pasa a ser un negocio que alguien captura.
¿Cómo? Casi siempre por las mismas vías: reformas legales exprés que cambian el régimen de propiedad o de uso del suelo, concesiones a muy largo plazo sobre ríos, bosques, minas o carreteras, endeudamiento condicionado a “ajustes estructurales”, programas de reconstrucción tras guerras, desastres o crisis fabricadas que exigen abrir sectores completos al capital financiero. Primero se destruye la capacidad local, después se vende el salvavidas.
Subrayo una frase que escribí hace meses: “Primero te quitan el paraguas, luego te venden el techo”.
La cuarta fase es “Controlar”. Una vez que los recursos y los servicios están privatizados, el control ya no necesita siempre de la fuerza bruta. Funciona por dependencia. Si el agua, la luz, la comida, el transporte, la vivienda y el trabajo dependen de unos pocos actores, entonces tu vida cotidiana está atada a sus precios, sus condiciones, sus contratos y sus crisis.
La gente queda atrapada entre salarios precarios, deudas, tarifas que suben, ayudas condicionadas, programas sociales que se usan como herramienta de lealtad, plataformas que pueden apagar tu ingreso con un clic. No hace falta un policía en cada esquina. Basta con que, si te sales del margen, pierdas acceso a lo que te mantiene con vida.
Anoto en un margen: “El control se vuelve administrativo. No te dispara, te corta el suministro”.
Cuando miro esta secuencia en frío —vaciar, ocupar, privatizar, controlar— veo que se repite con variaciones en muchos lugares.
Guerras que devastan un país y abren un gigantesco mercado de reconstrucción financiado con deuda que pagarán generaciones futuras. Economías criminales que combinan violencia y negocio, vaciando comunidades, apropiándose de territorios y canalizando fortunas hacia circuitos financieros formales. Crisis de deuda que obligan a Estados completos a “reformarse”, es decir, a vender sectores enteros de su economía a precio de remate. Gobiernos que dejan de producir valor real y se limitan a administrar pagos, cobrar impuestos y garantizar condiciones para la inversión de unos cuantos.
No importa tanto el nombre del país, la ideología del gobierno de turno o la bandera que aparezca en el mapa. Lo que importa es el método. La arquitectura del despojo no es caótica, es funcional. No busca prosperidad general, busca rentabilidad concentrada.
Cierro el bloque con una frase que me dolió escribir, porque resume algo que preferiría que no fuera cierto:
El poder ya no gobierna sociedades, administra territorios y recursos.
Y debajo, como si fuera la última línea de un plano técnico, dejo una anotación que brilla sola en la página:
“Cuando el poder deja de ofrecer futuro, convierte el presente en mercancía”.
Vuelvo a la libreta donde había dejado una anotación en el margen, escrita a prisa una noche de insomnio: “Aquí algo no cuadra”.
Hasta ahora, el plan del poder parecía casi elegante, frío, coherente en su cinismo: desmontar la economía, despojar territorios, concentrar recursos, administrar el daño. Pero cuando cruzo todo eso con la reacción social, con lo que pasa en las calles, en las urnas vacías, en los grupos de mensajería, aparece una grieta que no estaba en los diagramas.
Lo escribo claro, para no olvidarlo: el proyecto de control falla porque el despojo va más rápido que la ingeniería social.
VII. El error del sistema: el despojo va más rápido que la ingeniería social
En los informes que reviso se repite la misma curva: donde se aceleran reformas económicas duras, crecen las protestas. Donde los gobiernos se llenan la boca con “modernización”, aumenta la abstención electoral. En muchos países, la gente deja de confiar en los partidos, en los congresos, en los tribunales, en los medios tradicionales… y empieza a construir por fuera: economías informales, redes comunitarias, sistemas paralelos de intercambio y apoyo. La desafección ya no es solo de “izquierda” o de “derecha”. Es transversal. Es un “ya no les creo a ninguno”.
Los números lo dicen sin poesía: la gente no está internalizando el nuevo orden a la velocidad que el poder necesita.
Aquí entra algo que no aparece en los papers técnicos, pero que cualquier antropólogo reconoce: tú puedes cambiar muy rápido las condiciones materiales, pero no puedes reprogramar la cabeza y el corazón de una sociedad al mismo ritmo. Las leyes se pueden modificar en un periodo de sesiones. Las concesiones se firman en una ceremonia y se publican en un diario oficial. Los recursos se transfieren con una orden bancaria. Pero las personas siguen arrastrando otra cosa: hábitos, expectativas, memoria de derechos, la idea íntima de que la vida debería tener dignidad, trabajo y futuro.
Eso no obedece decretos. No se vota en un consejo de administración. Y, desde luego, no se resuelve con un spot.
El poder comete un error de cálculo monumental: asume que si cambia la realidad material, la gente se adaptará dócilmente en su manera de pensar. Que si empobreces a la clase media, la clase media se “reeduca”; que si precarizas a los jóvenes, aceptarán que eso es la normalidad; que si recortas derechos sociales, se convencerán de que “no había de otra”.
Pero lo que ocurre es lo contrario. La gente vive peor, pierde seguridad, ve cómo se deteriora lo que antes funcionaba más o menos, y la sensación de injusticia se vuelve diaria, no teórica. Entonces el relato oficial no entra. Rebota. Cuando las palabras dicen una cosa y la despensa, el recibo de luz y la calle dicen otra, la narrativa se rompe.
Lo veo en ejemplos que se repiten como fotocopia: reformas económicas “imprescindibles” que, en cuanto se aprueban, encienden protestas; privatizaciones vendidas como progreso que no mejoran la vida de nadie salvo de los accionistas; gobiernos que prometen “modernización” y entregan precariedad, salarios de miseria, servicios colapsados y más deuda. Frente a eso, mucha gente no organiza una revolución romántica, simplemente empieza a desobedecer: evade, se salta reglas que ya no la protegen, crea sus propios atajos. Cuando las normas dejan de ser un escudo y se vuelven un arma, la obediencia se rompe.
Escribo en mayúsculas, para no suavizarlo: el poder confunde obediencia forzada con legitimidad.
Puede imponer cosas por un tiempo: a golpes de miedo, de trámites, de amenazas, de “si no aceptas, pierdes”. Pero una sociedad puede aguantar el abuso, no convertirlo en normalidad. Puede callarse hacia afuera y, al mismo tiempo, guardar por dentro la certeza de que la jugada es injusta. Esa memoria silenciosa es dinamita a largo plazo.
Cierro el bloque con una frase que me salió casi como un gruñido:
No es que la gente no entienda.
Es que no acepta perder.
Y en ese punto, cuando el despojo ya avanzó, pero la mente social no se deja reprogramar, el sistema entra en pánico. Por eso, para entender de dónde viene esta obsesión de controlarlo todo —cuerpos, datos, territorios, narrativas— tengo que retroceder en el tiempo y abrir otra sección de la libreta: el origen histórico de esta locura por controlar hasta el último respiro.
VIII. Antecedente Histórico: de dónde surge esta obsesión por controlar
Abro otra libreta, más vieja que la dorada. Las hojas están amarillas, llenas de flechas, fechas, nombres subrayados con distintos colores. Aquí no hay titulares recientes ni gráficas de deuda. Aquí están las raíces de la locura: cuándo empezó el poder a obsesionarse con controlarlo todo.
En una de las primeras páginas escribí una hipótesis que hoy cobra sentido:
La obsesión contemporánea por el control no nace de la maldad abstracta ni de una iluminación repentina, sino como respuesta histórica de las élites ante la pérdida progresiva de control económico, político y social desde mediados del siglo XX.
Empiezo por la historia, no por los filósofos.
Primero, la posguerra. Entre 1945 y los años setenta, en gran parte de Occidente se construyó algo que hoy parece ciencia ficción: el Estado de bienestar. Había crecimiento económico sostenido, expansión de clases medias, pactos sociales amplios, redistribución relativa del ingreso. Los gobiernos ganaban legitimidad porque podían ofrecer algo muy concreto: trabajo, estabilidad, ascenso social. La ecuación era simple: tú trabajas, nosotros garantizamos un mínimo de seguridad. El poder gobernaba convenciendo porque entregaba bienestar.
Luego llega el primer quiebre: los años setenta. Crisis del petróleo, inflación, endeudamiento, fin del crecimiento fácil. El pacto social empieza a crujir. Lo que antes se financiaba con crecimiento empieza a financiarse con deuda. En mis notas puse una frase dura: “Aquí ya no alcanza para todos”.
A partir de los años ochenta, el giro se hace explícito. Desregulación financiera, globalización del capital, desindustrialización en el norte, mano de obra barata en el sur. La economía se financiariza: cada vez más beneficios provienen de mover dinero, no de producir cosas. El dinero deja de ser herramienta y se convierte en amo. La clase media se sostiene a crédito, no a salario.
El siglo XXI arranca con un golpe seco: crisis de 2008. Caen bancos, se tambalean mercados, se desploman empleos. Los Estados rescatan al sistema financiero con dinero público. Las pérdidas se socializan, las ganancias se vuelven a privatizar. Lo apunto con rabia contenida: “Segundo pacto roto”. A partir de ahí, la desconfianza masiva en gobiernos, partidos, bancos centrales, medios de comunicación ya no es paranoia, es experiencia.
En una esquina de la página, subrayé en rojo:
“Aquí empieza el miedo del poder”.
Durante décadas el sistema funcionó porque daba algo a cambio. Cuando deja de darlo, la legitimidad se evapora. El poder descubre que ya no puede gobernar convenciendo, solo administrando tensiones.
Ahí nace la tecnocracia moderna: gobiernos que ya no se piensan como representantes de una sociedad, sino como administradores de un sistema. En lugar de personas, ven datos. En lugar de conflictos, ven “riesgos”. En lugar de política, “gestión”. El lenguaje cambia: ciudadanía se convierte en “usuarios”, derechos en “eficiencia”, protesta en “fallo de gobernanza”.
Davos no legisla, pero piensa el mundo desde esta lógica. En los foros, reportes y paneles se repite la idea de que la sociedad es un sistema técnico optimizable, no un cuerpo político que delibera. Lo escribo tal cual en la libreta:
“Cuando el poder deja de entender a la sociedad, empieza a modelarla”.
Luego viene otro punto de inflexión: el 11 de septiembre de 2001. El control, que ya se estaba imponiendo por razones económicas, recibe una justificación perfecta: seguridad. Vigilancia masiva, recopilación de datos, excepciones legales, estados de emergencia. Primero en nombre del terrorismo. Después, de la crisis financiera. Después, de la pandemia. Después, de la guerra. Después, del clima. Cada crisis amplía un poquito más el margen de control. Lo excepcional se vuelve rutina.
Hasta aquí, la historia. Pero esta historia no se escribió sola. Detrás hay una constelación de ideas, autores y corrientes que el poder fue tomando como piezas de rompecabezas, arrancadas de su contexto original.
Paso página. Empiezan los nombres.
En uno de los márgenes está escrito: Hobbes. Inglaterra, siglo XVII. “Leviatán”, 1651. Thomas Hobbes partía de una intuición brutal: sin un poder fuerte, la vida humana sería “solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”. El miedo al caos como fundamento del orden. La idea de que la libertad puede sacrificarse a cambio de seguridad. ¿Qué toma el poder de Hobbes? La justificación del orden por miedo. La idea de que la coerción puede ser legítima si evita el desorden. ¿Qué no toma? Algo esencial: Hobbes hablaba de un contrato social explícito. Hoy no hay contrato, hay imposición. Nadie nos preguntó si queríamos este Leviatán digital.
Más adelante aparece Jeremy Bentham. Inglaterra, siglo XVIII. El panóptico. Un diseño carcelario donde el vigilado nunca sabe si está siendo observado, así que se autocontrola. Bentham estaba pensando en prisiones, no en el planeta entero, pero el principio quedó anotado: si la gente se siente observada, se disciplina sola. La vigilancia es más eficiente que la violencia. Hoy, esa lógica está encarnada en cámaras, trazabilidad digital, datos biométricos, sistemas de puntuación y reputación. Bentham nunca imaginó Google, pero Google es el panóptico perfeccionado: un ojo que no necesita torre, porque lo tenemos en la mano.
Luego llego a Auguste Comte, Francia, siglo XIX. El positivismo. La idea de que la sociedad puede gobernarse “científicamente”, que los expertos saben más que la gente sobre lo que le conviene, que la política debe sustituirse por administración. De ahí toma el poder algo muy útil para él: el desprecio por la deliberación democrática. La idea de que la sociedad es un objeto técnico. Eso alimenta una frase que escuchamos constantemente: “esto no es ideológico, es técnico”. Y si es técnico, tú no opinas: obedeces.
En otra hoja está Max Weber, Alemania, principios del siglo XX. La “jaula de hierro” de la racionalización. Weber advertía que la modernidad iba a crear sistemas burocráticos tan eficientes y tan racionales, que terminarían atrapando a las personas dentro de procedimientos impersonales, reglas, formularios, sellos. Él lo describió como un peligro. El poder lo leyó como manual. Burocracia total, dominación legal-racional, procedimientos que te aplastan sin que nadie, individualmente, parezca responsable.
Más adelante anoté tres nombres juntos: Horkheimer, Adorno, Marcuse. La Escuela de Frankfurt. Alemania, siglo XX. Ellos criticaron algo que llamaron “razón instrumental”: cuando la razón se usa solo para calcular medios, no para pensar fines. Cuando la técnica se separa de la ética. Dijeron, con años de anticipación, que un sistema así produciría conformismo, dominación y pérdida de libertad bajo apariencia de progreso. La ironía que escribí en la libreta es cruel: “Sus advertencias fueron ignoradas… o peor, usadas para perfeccionar lo que criticaban”.
Luego aparece Michel Foucault, Francia, siglo XX. Biopolítica, biopoder, normalización. El poder ya no solo reprime, administra la vida: el cuerpo, la salud, la conducta, la sexualidad. Foucault describió cómo el poder moderno entra en las escuelas, hospitales, cárceles, registros civiles, historiales médicos. ¿Qué toma el sistema de él? La idea de gestión poblacional: controlar no solo lo que haces, sino lo que eres, cuántos hijos tienes, cómo te mueves, qué vacunas te pones, qué hábitos adoptas. Foucault lo estudiaba para desenmascararlo, no para que se convirtiera en protocolo. Pero el poder rara vez distingue entre diagnóstico y receta.
En otra página están las palabras “doctrina de seguridad”. Estados Unidos, Guerra Fría. Think tanks, complejo militar-industrial, teoría de juegos. La sociedad entendida como un campo de amenazas y riesgos a neutralizar. De aquí nacen el gobierno por escenarios, la gestión del miedo, la excepcionalidad permanente. No se trata de resolver conflictos, sino de administrarlos para que no se salgan del guion.
Cierro con la capa más reciente: la tecnocracia contemporánea. Davos, consultoras globales, Big Tech. Aquí ya no hay un gran filósofo, hay powerpoints. Una mezcla de positivismo, gestión empresarial, dataísmo, economía conductual. La idea central es brutal en su simpleza: la gente no decide bien, los algoritmos deciden mejor. Tú no sabes lo que te conviene, tu huella digital sí. Aquí se rompe el último hilo con el humanismo: ya no somos sujetos políticos, somos conjuntos de datos optimizables.
Me detengo y releo todo este collage. El poder no inventó desde cero la idea de control. La heredó, la mezcló y la deformó. Tomó ideas pensadas para entender la sociedad y las usó para administrarla sin preguntarle. Tomó advertencias y las convirtió en manual de operación. Tomó descripciones del peligro y las transformó en plano de obra.
Anoto, casi como veredicto:
El control contemporáneo no nace de una filosofía coherente,
sino de un collage desesperado de ideas arrancadas de su contexto.
Eso explica por qué se siente tan incongruente, tan violento, tan desconectado de la realidad cotidiana. Han tomado pedazos de Hobbes, de Bentham, de Comte, de Weber, de Foucault, de la doctrina de seguridad, de los gurús de Davos… y los han pegado sobre un mundo donde la economía ya no da, la clase media se desmorona y la gente no está dispuesta a resignarse.
Cierro la libreta vieja con una frase que ya habíamos escrito antes, pero que ahora pesa más:
El poder no nació loco.
Se volvió desesperado cuando empezó a perder control real.
Y es esa desesperación la que hoy intenta imponerse con biometría, CBDCs, vigilancia masiva y miedo.
La pregunta que sigue es otra: ¿qué pasa cuando este collage de control choca con una sociedad que ya no cree y que, poco a poco, empieza a llenarle los huecos al Estado que se retira?
Eso es lo que viene en la siguiente página.
Paso la hoja y, casi sin querer, escribo una palabra grande en medio de la página:
IX. China: el modelo de control malentendido y mal copiado
No porque crea que China es el villano final de esta historia, ni porque sea el salvador. Sino porque, cuando uno sigue el hilo de la economía rota, la obsesión por el control y el collage de teorías que desenterramos en la libreta anterior, se encuentra siempre lo mismo en boca de las élites occidentales: “el modelo chino”.
Blake se acomoda a mis pies. Yo subrayo esa frase: modelo chino. Y anoto al lado, como advertencia para mí misma: “no es modelo, es contexto”.
Mi hipótesis aquí es sencilla, aunque incómoda: el poder occidental, desesperado, ha mirado hacia China como quien mira el tablero de mandos de una cabina perfecta de control social. Ve cámaras, ve datos, ve disciplina, ve crecimiento económico sostenido durante décadas y concluye: “esto funciona”. Pero no ve la historia que hay debajo, ni la cultura que sostiene esa estructura. Intenta importar la carcasa sin el motor. Y por eso lo que en China estabiliza, en Occidente agravia.
Empiezo por recordar lo obvio que casi nunca se menciona. China no es solo control digital. Es una civilización con miles de años de historia, con una estructura política centralizada que no nació con los algoritmos, sino que los precede por siglos. Un Partido-Estado que lleva en el poder desde 1949, que atravesó guerras, hambrunas, revoluciones culturales y reformas económicas, y que construyó un tipo de pacto social muy distinto al occidental: tú renuncias a ciertas libertades políticas explícitas, yo te doy estabilidad, crecimiento, infraestructura, salida de la pobreza masiva.
En mi libreta anoté hace tiempo una frase que hoy vuelvo a subrayar: “En China, el control digital es capa nueva sobre una disciplina antigua”. Es decir: el uso de cámaras, reconocimiento facial, trazabilidad de pagos, experimentos de crédito social, no caen sobre una sociedad donde el individuo se entiende a sí mismo como “yo primero y el Estado después”, sino sobre una cultura donde la idea de orden colectivo, jerarquía y armonía social tiene un peso histórico enorme, con raíces confucianas, comunistas y nacionales entrelazadas.
Ahora miro cómo leen esto las élites occidentales. Ellas ven los resultados visibles: crecimiento económico sostenido durante décadas, reducción drástica de la pobreza extrema, ciudades hiperconectadas, pagos digitales que registran cada compra, códigos QR que permitieron gestionar la movilidad durante la pandemia, sistemas de monitoreo urbano capaces de seguir a una persona en minutos. Y hacen una traducción muy peligrosa: “si controlas suficiente, la sociedad obedece; si obedecen, la economía funciona”.
Lo que no ven, o fingen no ver, es el costo y el contexto. No ven los conflictos internos, las tensiones sociales, las resistencias silenciosas, las zonas rurales que no encajan, las élites chinas que también tienen miedo del futuro. No ven que ese modelo descansa sobre una narrativa nacional muy potente, donde el Estado se presenta como garante de la dignidad china frente a siglos de humillación externa. Ese relato no existe en Occidente de la misma manera.
Mientras escribo esto, me doy cuenta de algo clave: el poder occidental no está copiando a China; está copiando la parte que más le conviene de su fachada. Quiere replicar el nivel de vigilancia, no el nivel de responsabilidad. Quiere el control de datos, no la obligación de sacar a millones de la pobreza. Quiere las cámaras, no el compromiso de ser evaluado por resultados tangibles en la vida diaria.
Así es como el “modelo chino” se convierte en algo aún más torpe cuando se intenta injertar en países que se han contado a sí mismos, durante décadas, como democracias basadas en derechos, pluralidad y limitación del poder. De repente, en nombre de la seguridad, la salud, la eficiencia o el clima, se empieza a hablar de controles biométricos obligatorios, monedas digitales de banco central, identificaciones digitales integradas, trazabilidad absoluta de las transacciones, restricciones automáticas a determinados comportamientos.
En mi libreta escribo: “Quieren un ciudadano chino funcional, pero con historia occidental”. Es decir, quieren que la gente acepte controles asiáticos con expectativas europeas o americanas sobre libertad, privacidad y derechos. El choque es inevitable.
Pienso en las ciudades hiper-vigiladas del este asiático y luego en las plazas europeas llenas de manifestantes, en campus universitarios norteamericanos en protesta, en campesinos latinoamericanos defendiendo su agua, en jóvenes que tumban cercas y códigos QR con la misma facilidad con la que cambian de aplicación. No es el mismo tejido social. No son las mismas memorias. No son las mismas heridas.
Hay otro punto que anoté hace meses y hoy se vuelve más urgente: “Si colapsa Occidente, colapsa China”. El modelo chino fue posible, en buena medida, porque existía un mercado global al que exportar, una demanda occidental que compraba lo que China producía, una red financiera internacional que permitía ese intercambio. El sueño de algunas élites occidentales de convertir a sus sociedades en “chinas de baja calidad”, pobres pero hipercontroladas, olvida un detalle: si destruyen su propia base social y productiva, no solo dejan sin soporte a sus pueblos, también socavan la demanda que sostienen cadenas mundiales enteras, incluyendo a China. No es un modelo estable; es un nudo de interdependencias al borde del colapso.
Regreso a la frase central que quiero dejar clara en este bloque: el poder occidental mira a China como herramienta. Un laboratorio de control que se puede imitar. Pero el modelo que ve es una ilusión recortada: copia la coerción, la vigilancia, la gestión de datos, sin el contexto político, cultural y simbólico que hace que, allá, esa mezcla sea al menos parcialmente tolerada, al menos por ahora. Aquí, en cambio, se siente como una invasión.
Cuando en una sociedad que se ha pensado a sí misma en clave de derechos, límites al poder, separación de poderes, libertad individual, de pronto aparecen medidas de vigilancia masiva inspiradas en “lo que hace China”, la reacción no es disciplina, es rechazo. La gente no dice “qué bien, más orden”; dice “qué miedo, quién está detrás de esto”. Y ese miedo no es el miedo útil a un enemigo externo del que hablaba Hobbes, es un miedo al propio sistema que debería protegerte.
Cierro el bloque con una frase que escribo grande en la página y luego rodeo con un recuadro:
El modelo chino no es exportable como software.
Cuando lo copias sin contexto, no estabiliza: agravia.
Y debajo, otra línea, más seca, que conecta con todo lo que hemos visto antes:
El poder global, acorralado por su propia crisis económica,
ha decidido aprender del lugar equivocado,
y copiar justo lo que más rompe la confianza que le queda.
Blake se estira, yo paso la página.
Lo que viene ahora es la traducción concreta de este malentendido: cómo, inspirados en este “manual chino” torcido, están intentando aplicar en todas partes una ingeniería social masiva… justo cuando menos legitimidad tienen. Y ahí es donde, según mis notas, empieza a fallarles todo el guion.
X. Ingeniería social: el intento final de fabricar obediencia
Vuelvo a la libreta. Esta vez no estoy subrayando cifras, sino algo más escurridizo: intenciones.
No es solo qué hacen con nuestro dinero o con nuestros territorios.
Es qué intentan hacer con nuestra cabeza.
Escribo arriba de la página, despacio, como si fuera un título de caso clínico:
Ingeniería social: el arte de diseñar contextos, mensajes, miedos y recompensas para que la gente se comporte como alguien más decidió… creyendo que eligió sola.
No es magia negra. Es mezcla de psicología, estadística, marketing, neurociencia, big data y poder.
Durante años se usó para vender detergentes, refrescos, candidatos.
Ahora se usa para algo más ambicioso: gestionar sociedades cansadas, empobrecidas y desconfiadas.
Resumida en una línea que recorro con el dedo:
Cuando el poder pierde legitimidad económica y política, intenta sustituir el consenso por ingeniería social: usa psicología, datos y miedo para producir obediencia artificial.
Es decir:
como ya no puede gobernar convenciéndonos, intenta gobernar condicionándonos.
Los datos detrás del experimento
No son suposiciones. Hay industria.
En los informes que he ido guardando, se repite una cifra: el gasto global en tecnologías de vigilancia, análisis conductual y control digital supera ya, sumando gobiernos y corporaciones, los cientos de miles de millones de dólares anuales. Plataformas de monitoreo, software de reconocimiento, sistemas de “analítica de comportamiento”, laboratorios de “inteligencia de datos ciudadanos”. No son juguetes, son infraestructura.
Programas que nacieron para venderte mejor un producto ahora se usan para medir tu obediencia, tu miedo, tu enojo. Lo que antes era “segmentación de mercado” ahora se llama “gestión de comportamientos” en documentos de política pública, de seguridad o de publicidad política.
Muchos gobiernos tienen ya sus propias “unidades de behavioral insights”: equipos que analizan cómo reacciona la población a ciertos mensajes, titulares, colores, palabras, formatos. El objetivo declarado es “ayudar” a que la gente tome “mejores decisiones”. Traducido: decisiones funcionales al sistema.
En paralelo, las universidades más prestigiosas llevan años midiendo algo incómodo que pocos quieren leer en serio: los mensajes basados en miedo aumentan la obediencia inmediata, pero erosionan la confianza institucional a mediano plazo. Es obediencia de emergencia, no lealtad.
Qué es exactamente la ingeniería social
Cierro un momento los ojos y me obligo a definirlo como se lo explicaría a alguien en una cocina, no en un seminario:
Ingeniería social es cuando el poder deja de hablarte como ciudadano y empieza a tratarte como ratón de laboratorio.
No apela a tu criterio, sino a tus reflejos.
No quiere que pienses, quiere que reacciones.
Funciona así:
si sé qué te asusta, qué te indigna, qué te cansa y qué te alivia, puedo diseñar un entorno en el que el camino más fácil sea hacer lo que yo necesito que hagas:
quedarte en casa, votar resignado, aceptar una medida, odiar al vecino equivocado, culpar al enemigo correcto.
El razonamiento de fondo… y el error
La premisa del sistema es brutalmente simple:
“Si no puedo convencerte, puedo condicionarte.”
Detrás hay tres supuestos:
1. Que el comportamiento humano es totalmente predecible si tengo suficientes datos.
2. Que las emociones pueden administrarse como variables dentro de un modelo.
3. Que el miedo puede reemplazar a la legitimidad.
En los papeles suena impecable. Hay curvas, gráficos, escenarios; grupos de prueba que responden “como se esperaba” en un laboratorio o en una campaña piloto.
Pero la psicología social lleva décadas avisando algo que el poder parece no querer escuchar:
el miedo funciona a corto plazo… y revienta a mediano.
A corto plazo, el miedo genera obediencia: cierro, obedezco, firmo, acepto.
A mediano plazo, genera algo muy distinto:
1. Rechazo silencioso,
2. Sabotaje pasivo,
3. Desobediencia selectiva,
4. Cinismo,
5. Ruptura del pacto social.
La ingeniería social no crea adhesión.
Crea contención temporaria.
Es un tapón, no una reparación.
Cuando intento ordenar ejemplos, el patrón es siempre el mismo.
Primero, una narrativa de amenaza constante:
otra pandemia, otra guerra, otro colapso, otra catástrofe climática, otra crisis “sin precedentes”. La idea es que vivas en estado de emergencia permanente, como si el mundo estuviera siempre “a punto de romperse”.
Luego, medidas excepcionales que se presentan como inevitables:
más vigilancia, más controles financieros, más restricciones a movimientos, más monitoreo de opiniones “por tu seguridad” o “por la estabilidad”. Al principio son temporales. Después… se olvidan de ponerles fecha de caducidad.
En paralelo, una polarización cuidadosamente alimentada:
si estás en contra de cierta medida, te colocan de inmediato en el bando de los “irresponsables”, “radicales”, “desinformados”. El disenso deja de ser político y pasa a ser patologizado:
si dudas, “no entiendes”;
si criticas, “estás manipulado”.
Escribo una frase con cierta rabia contenida:
“Cuando todo disenso se define como peligroso, la democracia ya no es sistema: es decorado.”
No hace falta mencionar países. Basta mirar:
- Campañas de miedo usadas para pasar reformas impopulares,
- Etiquetas automáticas para cualquier crítica incómoda,
3. Influencers y medios alineados repitiendo los mismos marcos, palabras, adjetivos.
No es conspiración de película. Es protocolo.
La conclusión que no quieren ver
Al final de la página, trazo una línea y escribo despacio, para no olvidarlo:
La ingeniería social no reemplaza al pacto social.
Solo lo disfraza.
Puede retrasar una explosión, pero la hace más violenta cuando ocurre.
Puede silenciar a muchos por un tiempo, pero convierte ese silencio en resentimiento acumulado.
Es obediencia forzada sin legitimidad.
Y un sistema que depende cada vez más de forzar comportamientos y cada vez menos de convencer, nos está diciendo sin quererlo algo muy claro:
no confía ya en su propia capacidad de ser justo.
Cierro la libreta un momento.
El siguiente paso lógico no es mirar más arriba, sino más abajo:
si todo esto es cierto,
¿qué hace la sociedad con este experimento que no pidió?
11.La sociedad llena los huecos: auto organización desde abajo
Dejo la libreta un segundo. No porque me falten datos, sino porque empiezo a ver algo que no estaba en los modelos: el sistema se derrumba por arriba… y sin embargo, por abajo, la vida insiste en seguir.
Vuelvo a abrir la libreta y escribo, casi como si dictara alguien más:
“Cuando el Estado se vacía y el poder se obsesiona con controlar,
la sociedad no desaparece: se reorganiza por fuera.”
No es una intuición romántica, es lo que están mostrando los informes que casi nadie lee. En los últimos años, en países donde las instituciones se han ido debilitando, las redes de ayuda mutua crecieron entre un 30 y un 60 % después de las crisis económicas o sanitarias. Organismos como el PNUD, el Banco Mundial o la OCDE lo dicen con su lenguaje frío: aumentó el uso de plataformas locales para seguridad comunitaria, compras colectivas, trueque, salud de barrio, educación informal. Universidades como MIT o Stanford registran algo parecido: cuando las instituciones pierden credibilidad, la cooperación social no desaparece, cambia de lugar.
El poder parte de una premisa errónea: sin Estado fuerte, solo puede haber caos permanente. Pero la realidad histórica dice otra cosa. Sí hay caos al principio. Sí hay miedo, desorden, rabia. Pero después de ese primer golpe, algo se enciende en automático: las personas empiezan a buscar protección, sentido, continuidad, comunidad. La sociedad no es una masa pasiva, es un organismo adaptativo.
Cuando el Estado deja de garantizar seguridad, justicia y bienestar, la gente no se queda esperando un decreto. Se organiza como puede. A veces con gesto heroico, a veces con pura necesidad. Lo veo en casos que se repiten: comunidades que sustituyen servicios básicos que el gobierno abandonó, redes vecinales que montan su propio sistema de abastecimiento, economías paralelas que permiten sobrevivir cuando el mercado formal expulsa, plataformas digitales locales donde se deciden prioridades, se auditan autoridades, se vota qué se acepta y qué no. Y, por debajo, una desobediencia civil selectiva que no sale en la tele: reglas que se acatan de cara al poder, pero que se reinterpretan en el terreno para proteger la vida cotidiana.
No es una revolución romántica. Es supervivencia organizada.
En una página escribí, casi como un axioma:
El vacío no dura.
Siempre alguien lo ocupa.
Y cuando el poder abandona,
la sociedad aprende a gobernarse a sí misma.
Pero sería irresponsable quedarme solo con la parte luminosa. La autoorganización tiene fuerza, sí, pero también límites y puntos ciegos. En la libreta, junto a esa frase, hay dos nombres subrayados: Venezuela y Cuba. Y dos comentarios escritos en diagonal: “Llegaron tarde” y “Esperaron salvadores externos”.
Ahí están las sombras de esta historia.
En esos laboratorios del control, la sociedad también intentó llenar huecos, pero lo hizo fragmentada, aislada, sin lograr una coordinación lo bastante profunda y sostenida en el tiempo. Se confió demasiado en que un líder nuevo, un partido distinto o un país extranjero vendrían a “rescatar” la situación. Mientras tanto, el miedo, la pobreza y el exilio hicieron su trabajo: vaciaron el país de cuadros, de energía, de jóvenes, de tejido social.
No es que esos pueblos sean pasivos. Es que el sistema aprendió a reprimir, dividir y agotar más rápido de lo que la sociedad pudo tejer defensas. Cuando la gente despierta, pero ya no quedan instituciones mínimas, ni prensa libre, ni jueces, ni organización persistente, el costo de resistir se vuelve brutal y las opciones se reducen.
Y aquí, inevitablemente, escribo la frase que no quería escribir, pero que se impone sola:
Si México espera a reaccionar cuando ya esté en ese punto,
será demasiado tarde.
Entonces la pregunta cambia. Ya no es solo “cómo se organiza la sociedad cuando el Estado abandona”, sino “qué puede hacer una sociedad antes de que el hoyo se cierre”. No tengo manuales, pero después de escuchar historias, leer informes y ver patrones, me quedaron cinco líneas en la libreta, pensadas desde México, pero útiles para cualquiera que no quiera terminar en un experimento eterno de control.
Primero, defender lo que queda de institucionalidad, aunque esté herida. Un poder judicial, por débil que sea. Los organismos de transparencia que sobreviven. Las universidades públicas que todavía producen pensamiento crítico. Los medios que aún incomodan al gobierno. No son templos de pureza, pero sin ellos el piso se hunde más rápido y la sociedad pierde puntos de apoyo.
Segundo, cuidar los espacios locales como si fueran la última trinchera. Barrio, municipio, comunidad, gremio, red profesional. Ahí el poder central llega más lento y la organización horizontal es más natural. Lo que no podamos cambiar arriba, empecemos a cambiarlo abajo: desde el uso del agua hasta la seguridad de la colonia, pasando por la escuela, el mercado, el campo.
Tercero, no delegar la vigilancia del poder en partidos ni en “líderes naturales”. Los partidos pueden ser herramientas, pero no sustituyen la mirada crítica de la ciudadanía. Cada persona, desde su oficio, puede convertirse en auditor: del presupuesto local, de la calidad de los servicios, del uso del territorio, del destino de los recursos. Esperar “al bueno” es otra forma de rendición.
Cuarto, proteger la conversación libre, aunque sea incómoda. Apoyar medios independientes, crear espacios propios de discusión, desconfiar de la narrativa única, negarnos a cancelar al otro solo porque no milita en nuestra etiqueta. Si nos fragmentamos en tribus irreconciliables, el poder gana sin necesidad de disparar un tiro.
Quinto, dejar de imaginar la resistencia solo como grandes gestas y empezar a verla en la vida diaria. Elegir dónde compramos y a quién fortalecemos, a quién regalamos nuestro tiempo, qué contenidos amplificamos, qué causas sostenemos más allá de un post, con quién nos organizamos de manera constante. La resistencia no empieza en una plaza llena, empieza en decisiones pequeñas pero sostenidas.
Escribo todo esto pensando en México. Porque aquí también están vaciando instituciones, empobreciendo regiones, normalizando la violencia y apostando a que nos cansemos. A que nos resignemos. A que aceptemos que “así es el país”.
Pero si algo dejan claro las historias de Venezuela, de Cuba y de tantos otros sitios, es esto que subrayo con tinta negra:
El poder quiere que creamos que ya está todo decidido.
La historia, en cambio, suele decidirse en voz baja:
en la cocina, en el barrio, en la asamblea, en el chat de vecinos,
en ese momento en que alguien dice “hasta aquí”
y otro responde “no estás solo”.
Ahí, justo ahí, empieza la grieta por donde se fuga cualquier proyecto de control total. Y eso es algo que, hasta ahora, ningún algoritmo ha logrado predecir del todo.
XII. Para una sociedad agraviada, la Generación Z
Vuelvo a la libreta. Esta vez no para buscar un enemigo nuevo, sino para corregir una idea que se repite demasiado fácil: “los jóvenes contra el sistema”. No es cierto. Suena cinematográfico, pero es falso.
No es una generación rebelde.
Es una sociedad agraviada… que empezó a hablar en el idioma de la Generación Z.
Escribo arriba, como título de página:
“La Z no es el todo.
Pero sí es el vector.”
La hipótesis que anoto debajo es sencilla y a la vez incómoda: la inconformidad no pertenece a un grupo de edad, pero la Generación Z lidera la expresión, la circulación y la disrupción del malestar porque tiene algo que los demás no: el dominio del lenguaje digital, la alfabetización tecnológica y la distancia emocional respecto al viejo orden.
Cuando hojeo los estudios que fui pegando con cinta en la libreta, siempre aparece el mismo patrón. Encuestas del Pew Research muestran que la Generación Z es la cohorte con menos confianza en gobiernos, partidos y grandes corporaciones, pero al mismo tiempo es la que más se involucra en iniciativas comunitarias y digitales por fuera de las instituciones. Confían poco “arriba”, pero siguen construyendo cosas “al lado”.
Otros informes, incluso de foros que no son precisamente revolucionarios, reconocen que más de la mitad de los jóvenes no cree que el sistema económico actual les vaya a garantizar casa, trabajo digno o estabilidad. Para ellos, la promesa de “si estudias, te esfuerzas y te adaptas, te va a ir bien” suena a chiste malo contado por alguien que ya pagó su hipoteca hace veinte años.
La libreta está llena de anotaciones sobre tecnología: organismos internacionales admitiendo que esta generación tiene más capacidad para crear plataformas, adoptar tecnologías abiertas, saltarse bloqueos, entender cómo funciona un algoritmo, detectar cuando algo está siendo manipulado. Pero junto a esos párrafos, hay otros subrayados con color distinto: la inconformidad económica atraviesa todas las edades. Están el campesino que pierde agua y tierra, la clase media que se desliza hacia la pobreza, el trabajador que encadena empleos precarios, la profesionista que a los cincuenta descubre que el mercado ya no la quiere.
El agravio es transversal.
La Z no lo inventa. Lo nombra.
Ahí está el punto que el poder no termina de entender. No es “la generación que no quiere trabajar” ni “la juventud confundida por las redes”. Es una generación que ya no tiene nostalgia por el viejo pacto social, porque nunca lo disfrutó. No idealiza al Estado ni a los partidos. No se siente traicionada por un sistema que antes funcionaba: creció dentro de uno que desde el inicio se veía roto.
Mientras tanto, los otros sectores —campesinado, clase media empobrecida, trabajadores, comunidades indígenas, profesionistas desplazados— no se vuelven de pronto “zeta”, pero empiezan a usar su lenguaje, sus herramientas, sus códigos. El malestar de fondo es el mismo: pierden tierra, pierden trabajo, pierden agua, pierden seguridad, pierden futuro. Lo que cambia es el canal.
Empiezo a recordar escenas que se repiten en distintos países, aunque las banderas sean otras: jóvenes programando plataformas para denunciar abusos o coordinar ayuda; adultos mayores que nunca habían tocado una app, aprendiendo a usar canales cifrados porque desconfían del teléfono; campesinos que comienzan a grabar videos cortos para explicar lo que significa perder un río, un pozo, una siembra; profesionales que se organizan en redes para monitorear votaciones, sentencias, contratos.
La Generación Z hace de puente. Traduce el lenguaje de la calle al lenguaje de los datos, y el lenguaje de los datos de vuelta a la calle.
No es una épica hollywoodense, es una alianza rara, llena de tensiones. Hay choques culturales, sí. Hay incomprensiones. Hay momentos en que los veteranos no entienden a los jóvenes y los jóvenes desprecian a los veteranos. Pero, debajo de eso, hay algo nuevo: causas antiguas —tierra, salario, derechos, dignidad— circulando en formatos que el sistema no controla del todo.
Pienso en los ejemplos que se repiten: movimientos donde los jóvenes montan la infraestructura digital, pero son las comunidades las que ponen el cuerpo y el territorio; campañas donde el discurso “Gen Z” —memes, videos, lenguaje irónico— termina defendiendo cosas tan concretas como el agua, la educación pública o el sistema de salud; redes que usan software libre, canales cifrados, plataformas descentralizadas para esquivar censura, bloqueo o invisibilización.
No es “la generación Z contra el sistema”.
Es una sociedad agraviada usando el lenguaje de su tiempo.
Escribo eso tal cual, en la página, como si fuera ya una frase subrayable:
“La Z no es la única que sufre,
pero es la que mejor sabe dónde está el cable.”
El poder responde como sabe: intentando cooptar, infantilizar o criminalizar. Les dice “ninis”, “radicales”, “manipulados”, “generación de cristal”. Intenta comprar influencers, crear contenidos que simulen rebeldía controlada, disfrazar propagandistas de tiktokers espontáneos. A veces le funciona un rato, pero hay algo que no puede copiar: la sensación de haber sido excluidos desde el principio.
Mientras que generaciones anteriores crecieron dentro de un pacto que se fue erosionando, la Generación Z entró de lleno en el derrumbe. No añora un orden que ya no existe. Por eso es más difícil convencerla de que “todo va a estar bien” si se porta bien.
Tampoco hay que idealizarla. En mis notas también aparecen las fragilidades: exposición brutal a la ansiedad, a la precariedad, a la comparación constante; riesgo de cinismo, de nihilismo, de perder la fe en cualquier forma de organización.
El sistema juega con eso: saturación, entretenimiento anestesiante, hiperindividualismo. Pero incluso ahí, entre videos virales y ruido, siguen apareciendo grietas: cuentas que explican, comunidades que se sostienen, proyectos que empiezan muy pequeños y de pronto encuentran a miles de personas en la misma frecuencia.
Al final del bloque, dejo escrita la conclusión como si estuviera escribiendo una nota al margen de este 2025:
No es una generación salvadora.
Es una generación que ya no cree en los disfraces.
¿Será esto resultado de tantas generaciones que reciben promesas de progreso y el resultado es un insulto, un agravio más?
Lidera porque puede.
Los demás acompañan porque ya no tienen alternativa.
Y en la línea de abajo, anoto el concepto que necesito para darle sentido al hilo del episodio:
Liderazgo distribuido de una sociedad agraviada.
Porque, si algo deja claro esta libreta dorada, es que la historia que viene no se va a decidir solo en un parlamento ni en un foro de Davos, sino en esa intersección rara entre una juventud que ya no traga discurso oficial… y una sociedad entera que descubre, a golpes, que el problema no es ella, sino el modelo que la dejó fuera.
XIII. El miedo como último recurso del poder: pandemias, guerras, amenazas
No paso de página.
Subrayo una palabra que ya no puedo ignorar: miedo.
La veo repetirse en discursos, en portadas, en informes “técnicos”, en reportes de riesgo que parecen más guiones de película que análisis serios. Pandemias futuras, guerras inminentes, colapsos energéticos, catástrofes climáticas irreversibles. Siempre algo al borde del abismo. Siempre un “podría ocurrir” que justifica lo que ya está ocurriendo: más control, menos derechos, más vigilancia, menos explicación.
Escribo la hipótesis arriba, en la parte limpia de la hoja:
Cuando el poder se queda sin legitimidad económica, política y social,
no dialoga: amenaza.
El miedo deja de ser un recurso excepcional
y se convierte en manual de uso diario.
No es que antes no hubiera miedo.
Es que ahora el miedo ya no acompaña a la realidad, la reemplaza.
Repaso los apuntes de los últimos meses: informes de riesgos globales que cada año agregan nuevas amenazas, gobiernos con aprobación por los suelos que de pronto encuentran en el “enemigo externo” o en la “emergencia interna” una forma de recuperar obediencia momentánea, medios que llenan sus portadas de alarmas mientras, paradójicamente, la gente confiesa estar cansada de tanta alarma.
En mis notas hay algo que se repite: la gente está agotada.
Más del setenta por ciento de las audiencias declara sentir fatiga ante noticias alarmistas. No es que el peligro haya desaparecido. Es que el miedo ya no ordena. Satura.
El miedo cumple una función muy clara en los manuales de ingeniería social que fui acumulando en la libreta: suspender el debate racional, justificar medidas excepcionales, acelerar decisiones sin consenso, desactivar resistencias durante un tiempo. El miedo te encierra en modo supervivencia: haces lo que te digan, con tal de salir del incendio.
Pero hay un punto en el que el incendio deja de ser metáfora y se vuelve rutina.
Y nadie puede vivir en incendio permanente.
Lo anoto de otra manera, para que no se me olvide:
El miedo sirve para que la gente corra
pero no para que la gente crea.
Cuando el miedo aparece como episodios aislados, la sociedad reacciona. Cuando el miedo se vuelve ambiente, la sociedad se inmuniza. La amenaza pierde filo. El recurso se desgasta.
Pienso en los ejemplos que tengo dispersos entre recortes y capturas de pantalla: alertas de nuevas pandemias lanzadas mientras los sistemas de salud siguen igual de debilitados o más; discursos sobre la necesidad de prepararse para guerras mayores mientras los presupuestos militares suben y los servicios sociales bajan; narrativas de invasión, colapso o “enemigos internos” utilizadas justo cuando crece el malestar por la inflación, el desempleo o los recortes.
La secuencia es casi siempre la misma:
Primero, una advertencia grave.
Luego, un llamado a la unidad.
Después, la solicitud de “sacrificios temporales”.
Al final, lo temporal se queda; lo excepcional se normaliza.
Pero hay un giro que el poder no termina de calcular:
cuando el miedo se repite sin traducirse en protección real, deja de ser sentido como cuidado y empieza a sentirse como chantaje.
La gente mira su vida concreta: si su empleo sigue siendo precario, si su comida sigue encareciéndose, si su barrio sigue inseguro, si su hospital sigue desbordado… entonces el miedo ya no conecta.
La amenaza distante pierde poder frente al problema inmediato.
Y ahí aparece otra fractura: el miedo que no se cumple también erosiona credibilidad. Demasiados anuncios de colapso sin colapso visible, demasiadas “últimas oportunidades” que se renuevan cada seis meses, demasiadas alarmas que no se traducen en una mejora palpable. El efecto secundario es brutal: la gente deja de creer incluso cuando el peligro es real.
El poder confunde la obediencia forzada de un momento con legitimidad duradera. Confunde silencio con acuerdo. Confunde cansancio con consenso.
En la libreta tengo subrayados algunos patrones que se repiten:
Gobiernos que, ante su caída en encuestas, multiplican discursos sobre amenazas externas, conspiraciones, complots, enemigos infiltrados. Estados que usan la palabra “seguridad” para justificar vigilancia financiera, control digital, nuevas bases de datos biométricos. Medios que amplifican cada alarma sin contexto, porque el miedo engancha clics… aunque rompa poco a poco el vínculo de confianza con sus audiencias.
Vuelvo a una frase que anoté una madrugada, después de revisar demasiado material:
El miedo no es un proyecto. Es una huida hacia adelante.
Escribo ahora la conclusión del bloque, casi como si estuviera firmando un parte médico:
El miedo no construye obediencia duradera,
solo retrasa el colapso.
Cuando el miedo se agota,
el poder queda desnudo.
Y debajo, a modo de concepto para mi propio mapa:
El miedo ya no es arma estratégica.
Es síntoma de agotamiento.
Apoyo la pluma un segundo. Blake se estira a mis pies y suspira, como si no entendiera nada de algoritmos, deuda o geopolítica, pero sí algo muy simple: que nadie puede vivir con el corazón encogido todo el tiempo.
Y quizá ahí está la clave que no entra en los modelos del poder: una sociedad puede asustarse muchas veces, pero no puede basar su vida entera en el miedo. Tarde o temprano, el miedo deja de mandar. Y lo que queda, cuando el ruido baja, es la pregunta que ellos nunca quisieron enfrentar:
si ya no nos convencen, y ya no les creemos. ¿quién, exactamente,
les dio derecho a seguir mandando?
XIV. Cierre 2026: lo que descubre la periodista y el triángulo invertido del poderXIV. 2026
La casa huele a invierno y café recalentado.
Afuera ya encendieron las luces de Navidad; adentro solo alumbra la lámpara sobre el escritorio.
Blake duerme hecho ovillo junto a la silla, como si supiera que esta noche no escribo una nota más, sino el cierre de una temporada entera.
Tomo la libreta dorada del librero.
En la primera página, subrayada con tinta que ya empieza a desteñirse, está la frase que escribí hace meses:
“Cuando el poder descubre que no puede reconstruir la economía ni sostener el pacto social,
intenta administrar el colapso mediante control.”
La releo como quien relee un testigo.
Y me hago la única pregunta que importa al final de una investigación:
¿Resiste todo lo que vimos después?
Paso las páginas.
Están llenas de números, flechas, nombres, países, noticias, rabias.
Pero el dibujo que forman es simple.
Economías endeudadas hasta el límite.
Estados incapaces de reconstruir una clase media estable.
Élites que no ceden un centímetro de privilegio.
Recursos que aún existen, pero cada vez en menos manos.
Narrativas de miedo en lugar de proyectos.
Tecnología que mira, mide y vigila más de lo que sirve.
Despojo material avanzando más rápido que la ideología.
Sociedades que, a pesar de todo, siguen reorganizándose por fuera del guion.
Anoto despacio, casi como una confesión:
El problema no es que el mundo se haya quedado sin recursos,
es que ya no alcanzan para sostener este modelo con inclusión social.
El dilema del poder nunca fue técnico.
Fue político y moral.
Reducir privilegios
o reducir a la sociedad.
Y la evidencia de estos años es brutal:
eligieron reducir a la sociedad.
Concentración de tierra, de agua, de alimentos, de datos, de capital.
No porque mañana se acabe todo,
sino porque ya no quieren pagar el costo de compartirlo.
No es escasez inevitable.
Es escasez organizada.
Vuelvo a los bloques que dejamos atrás:
la arquitectura del despojo,
la ingeniería social,
las máscaras del poder,
las plataformas que fragmentan la realidad,
la deuda usada como grillete,
la vigilancia usada como política pública.
En el margen, en una esquina que ya casi se borra, me encuentro una frase escrita una noche de cansancio:
Nos declararon la guerra sin decirlo en voz alta.
No con tanques al principio,
sino con precariedad, despojo, miedo y vigilancia.
Y ahí entiendo algo que ya no es hipótesis, es constatación:
El aumento del control no es señal de fortaleza,
es señal de derrota.
Un sistema que se siente seguro no necesita verlo todo, medirlo todo, registrarlo todo.
Cuando un sistema cree que tiene que vigilar cada movimiento de la población
es porque perdió lo que importa: la legitimidad.
Pensaron que podían cambiar la economía en unos años
y con eso cambiar cultura, ideología, obediencia.
Pero la ideología social no funciona así.
Las personas recuerdan.
Recuerdan derechos, recuerdan libertades, recuerdan cómo vivían antes.
Recuerdan que el Estado tuvo, alguna vez, otra función: proteger, no administrar daño.
Y cuando la distancia entre esa memoria y lo que se les impone hoy se vuelve demasiado grande,
aparece algo que ningún algoritmo controla del todo:
la desobediencia consciente.
No siempre se ve en marchas masivas.
A veces es un “no” pequeño: no votar, no consumir, no aceptar, no callar.
A veces es una red de vecinos, una olla común, un grupo que se organiza al margen de las instituciones,
un barrio que decide cuidarse solo, una comunidad que defiende su agua.
Todo eso, sumado, erosiona más que cualquier consigna.
En una hoja casi al final dibujo de nuevo el triángulo que me ha seguido todo el año.
Antes el mundo se entendía así:
arriba el poder,en medio las instituciones, abajo la sociedad.
Ese triángulo ya no existe.
Ahora la base real está abajo:
una sociedad conectada, cansada, fragmentada pero viva,
que produce, consume, cuida, crea, sostiene.
En medio, la tecnología como campo de disputa.
Arriba, cada vez más estrecho, un poder encerrado en sus foros, sus Davos, sus modelos de riesgo,
hablando entre sí de un mundo que ya no pisan.
El triángulo está invertido. Ellos siguen actuando como si no lo vieran.
Pienso en los estudiantes gaseados este año, en la generación Z que ya no compra discursos solemnes, en los campesinos expulsados, en las clases medias empobrecidas, en los trabajadores precarizados que sostienen plataformas que nunca los nombran.
La generación Z no creó el agravio. Lo nombra, lo amplifica, lo vuelve visible.
Es la interfaz de una sociedad entera que siente que la empujan a un hueco.
Cierro los ojos un momento y vuelvo a la pregunta que nadie formula en público:
¿Pueden conseguir una “caída controlada” desde arriba?
La libreta responde sin épica, solo con historia:
Sí, pueden retrasar el estallido. Sí, pueden reprimir, censurar, castigar, asustar.
Sí, pueden encerrar a mucha gente en sus casas, por un tiempo. Pero lo que no pueden es gobernar indefinidamente a una sociedad que ya no les cree.
La coerción compra tiempo, no futuro. Sin confianza, la economía se oxida, la política se vacía, la obediencia se vuelve actuación.
Por fuera parece orden. Por dentro es desgaste.
Miro el calendario. Diciembre de 2025.
El mundo juega a cerrar el año con luces y villancicos; el poder juega a cerrar el margen de maniobra de quienes lo sostienen.
Yo no escribo “colapso” en la última página. Escribo otra cosa:
2026 no será el año del control total, será el año en que el conflicto deje de ser silencioso. Más intentos de control desde arriba, más presión económica, más leyes para vigilar,
más narrativas de miedo recicladas. Pero también más grietas, más autoorganización, más rechazo a verdades únicas, más decisiones pequeñas de gente común que decide dejar de colaborar con su propia derrota.
Entonces escribo la frase que cierra todo el recorrido, y que no estaba en ninguna portada, ni en ningún foro, ni en ningún informe técnico:
El control es el lugar donde ellos se atrincheran ante lo que ya perdieron; la memoria, la organización y la historia de cómo se levantan las sociedades después de una debacle, es nuestra.
Ellos se refugian en el miedo, en la vigilancia, en los decretos. Nosotros nos refugiamos en algo que no cabe en sus modelos: la memoria larga de los pueblos, la capacidad de aprender de las caídas, la terquedad con la que la gente común vuelve a armar comunidad una y otra vez.
Y aquí —aunque suene casi ingenuo escribirlo en una libreta de análisis— entra una palabra que no aparece en sus gráficos ni en sus escenarios:
esperanza.
No la esperanza vacía de los discursos, sino esa luz mínima que insiste en recordarnos que ninguna ingeniería social ha sido capaz, hasta ahora, de borrar del todo la memoria, la dignidad ni el deseo de vivir con sentido.
Apago la lámpara con esa idea en la cabeza. La libreta dorada vuelve al librero, pero no para dormirse.
Se queda ahí, brillando apenas con el reflejo de las luces navideñas del edificio de enfrente, como si sus páginas siguieran diciendo en voz baja:
La agenda del poder va en una dirección. La de la sociedad, en otra. Y 2026 será el año en que cada vez más personas
empiecen a verlo con la misma claridad con la que hoy lo escribo aquí.
“El aumento del control no es señal de fortaleza, sino la prueba de que el sistema ha perdido la
capacidad de generar bienestar y sostener el pacto social.
El control es su último refugio; la memoria, la organización y la historia de cómo se levantan las sociedades tras una debacle política y económica son la verdadera reserva del poder real: la sociedad.”
Si esta libreta te resonó, compártela con quien sientas que ya sospecha que “algo no cuadra”. Esa es la primera grieta.
Fuentes:
I. Economía rota, deuda global y desigualdad
1. Fondo Monetario Internacional (FMI). Fiscal Monitor: Fiscal Policy in the World of High Debt. IMF, abril 2024.
2. Fondo Monetario Internacional (FMI). World Economic Outlook. Steady but Slow: Resilience amid Divergence. IMF, abril 2024.
3. Banco Mundial. Global Economic Prospects, January 2025. World Bank, 2025.
4. Institute of International Finance (IIF). Global Debt Monitor. IIF, varios boletines 2024–2025.
5. Banco de Pagos Internacionales (BIS). BIS Quarterly Review: Global debt and financial conditions. BIS, diversos números 2023–2025.
6. UBS. Global Wealth Report 2024. UBS, 2024.
7. Oxfam International. Inequality Inc.: How corporate power divides our world and the need for a new era of public action. Oxfam, enero 2024.
8. Credit Suisse / UBS. Global Wealth Databook 2023. Credit Suisse Research Institute / UBS, 2023.
II. Gobernanza tecnocrática, crisis del pacto social y control
1. World Bank. World Development Report 2017: Governance and the Law. World Bank, 2017 (marco de largo plazo).
2. OECD. Government at a Glance 2023. OECD Publishing, 2023.
3. United Nations Development Programme (UNDP). Human Development Report 2023/24: Breaking the Gridlock – Reimagining Cooperation in a Polarized World. UNDP, 2024.
4. UN Special Rapporteur on the promotion and protection of human rights and fundamental freedoms while countering terrorism. Report on the impact of states of emergency and exceptional measures. Naciones Unidas, informes varios 2020–2024.
5. Giorgio Agamben. Estado de excepción. Pre-Textos, 2004.
III. Narrativas del miedo y normalización del colapso (The Economist y medios)
1. The Economist. The World Ahead 2024. The Economist Group, 2023.
2. The Economist. The World Ahead 2025. The Economist Group, 2024.
3. The Economist. The World Ahead 2026. The Economist Group, 2025 (cuando esté disponible en línea).
4. Reuters Institute for the Study of Journalism. Digital News Report 2024. University of Oxford, 2024.
5. London School of Economics (LSE). Media, Policy & Politics: framing of crises and risk. Varios artículos 2022–2025.
IV. Plataformas digitales, algoritmos y fragmentación de la realidad (Google, YouTube, etc.)
1. MIT Media Lab. Measuring Personalization and Filter Bubbles in Web Search. MIT, diversos trabajos 2019–2024.
2. Berkman Klein Center for Internet & Society (Harvard). Algorithmic Personalization and the Fate of Democratic Discourse. Harvard University, 2023–2024.
3. Stanford Human-Centered Artificial Intelligence (HAI). AI and the Future of Information Integrity. Stanford University, 2023–2024.
4. European Commission. Digital Services Act (DSA) and platform transparency reports. Comisión Europea, 2023–2025.
5. Google. How Search Works. Google, documentación técnica.
V. Redes sociales, plaza digital y control / fuga
1. Pew Research Center. Social Media Use in 2024. Pew, 2024.
2. Pew Research Center. The Role of Social Media in News. Informes varios 2022–2024.
3. Reuters Institute. Navigating the ‘Infodemic’: How People Access News in Times of Crisis. Oxford, diversos informes 2020–2024.
4. UN Special Rapporteur on freedom of expression. Report on Freedom of Expression and Digital Technologies. Naciones Unidas, 2023.
VI. Arquitectura del despojo: deuda, privatización, guerra, reconstrucción
1. World Bank. World Development Report 2024: Leveraging the State for Growth and Inclusion. World Bank, 2024.
2. World Bank. International Debt Report 2023. World Bank, 2023.
3. UNDP. Human Development Report 2021/22: Uncertain Times, Unsettled Lives – Shaping our Future in a Transforming World. UNDP, 2022 (marco sobre vulnerabilidad y fragilidad).
4. World Bank. Fragility, Conflict, and Violence: Strategy 2020–2025. World Bank, 2020.
5. Oxfam. Water Dismantled: How Privatisation of Water Services Fails the Poor. Oxfam, informes previos 2019–2023.
6. IMF. Review of Program Design and Conditionality. IMF, 2018 y actualizaciones posteriores.
VII. Error del sistema: protesta, legitimidad y dislocación social
1. Freedom House. Freedom in the World 2025. Freedom House, 2025.
2. World Values Survey Association. World Values Survey – Wave 7 (2017–2022).
3. OECD. Trust in Government, Policy Effectiveness and the Governance of the COVID-19 Crisis. OECD, 2021, con actualizaciones en series de datos 2022–2024.
4. UNDP. Democratic Backsliding and Public Trust. Policy Briefs 2022–2024.
VIII. Antecedente histórico e ideológico del control (teorías y autores)
Clásicos de teoría del poder y control
1. Thomas Hobbes. Leviatán. 1651. (Ediciones modernas: Fondo de Cultura Económica, Alianza, etc.).
2. Jeremy Bentham. Panopticon: or The Inspection-House. 1791 (varias ediciones críticas).
3. Auguste Comte. Curso de filosofía positiva. 1830–1842.
4. Max Weber. Economía y sociedad. 1922 (ediciones en español: FCE, 1992).
5. Max Horkheimer y Theodor W. Adorno. Dialéctica de la Ilustración. 1944/1947.
6. Herbert Marcuse. El hombre unidimensional. 1964.
7. Michel Foucault. Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión. 1975.
8. Michel Foucault. Seguridad, territorio, población. Curso en el Collège de France, 1977–1978.
Geopolítica y tecnocracia contemporánea
9. Zbigniew Brzezinski. Between Two Ages: America’s Role in the Technetronic Era. Viking Press, 1970.
10. Samuel P. Huntington. The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order. Simon & Schuster, 1996.
11. Klaus Schwab. The Fourth Industrial Revolution. World Economic Forum / Crown Business, 2016.
12. Klaus Schwab y Thierry Malleret. COVID-19: The Great Reset. Forum Publishing, 2020.
13. Yuval Noah Harari. Homo Deus: A Brief History of Tomorrow. Harvill Secker, 2015.
14. Yuval Noah Harari. 21 Lessons for the 21st Century. Jonathan Cape, 2018.
IX. China, control digital y modelo no exportable
1. Xi Jinping. The Governance of China (Volúmenes I–III). Foreign Languages Press, 2014–2020.
2. Samantha Hoffman. Social Credit: Technology-Enhanced Authoritarian Control in China. Australian Strategic Policy Institute, 2019.
3. Rogier Creemers. China’s Social Credit System: An Evolving Practice of Control. SSRN / Universidad de Leiden, varios papers 2018–2023.
4. European Union Chamber of Commerce in China. China’s Digital Policy Landscape. EUCCC, 2020–2023.
5. Yuen Yuen Ang. China’s Gilded Age: The Paradox of Economic Boom and Vast Corruption. Cambridge University Press, 2020.
X. Ingeniería social, behavioural insights y miedo como herramienta
1. OECD. Tools of Policy: Behavioural Insights. OECD, 2019–2023 (series y briefs).
2. OECD. Behavioural Insights for Public Policy: Lessons from Around the World. OECD, 2017 y trabajos posteriores.
3. Behavioural Insights Team (BIT). Annual Update Reports. BIT, 2019–2024.
4. World Economic Forum. Global Risks Report 2024. WEF, 2024.
5. Harvard Kennedy School. Fear and Messaging in Public Policy: How Threat Frames Shape Compliance and Trust. HKS, working papers 2022–2024.
6. Cass R. Sunstein. On Freedom. Princeton University Press, 2019 (capítulos sobre “nudging” y libertad).
XI. Autoorganización social, resiliencia y civic tech
1. UNDP. Community Engagement and Resilience in Times of Crisis. UNDP, 2023.
2. UNDP. Governance for Resilience. Policy Paper Series, 2022–2024.
3. OECD. Innovative Citizen Participation and New Democratic Institutions: Catching the Deliberative Wave. OECD, 2020.
4. OECD. Civic Space Review series. OECD, 2022–2024.
5. MIT Center for Collective Intelligence. Superminds: The Surprising Power of People and Computers Thinking Together. MIT CCI / Malone, 2018 y proyectos 2020–2024.
6. Stanford University. Cooperation under Institutional Failure. Estudios de ciencia política y sociología, 2022–2024.
XII. Generación Z, desconfianza institucional y liderazgo distribuido
1. Pew Research Center. Gen Z, Millennials Stand Out for Climate Change Activism, Social Media Engagement with Issue. Pew, 2023.
2. Pew Research Center. Trust and Distrust in America. Series actualizadas 2019–2024.
3. World Economic Forum. Global Shapers Survey 2022–2024. WEF, 2022–2024.
4. OECD. Young People’s Trust in Government: A Comparative Analysis. OECD, 2021–2023.
5. UNESCO. Youth, Peace and Security: A Programming Handbook. UNESCO, 2022.
XIII. Miedo, riesgo y securitización
1. World Economic Forum. Global Risks Report 2023, 2024 y 2025. WEF.
2. Barry Buzan, Ole Wæver y Jaap de Wilde. Security: A New Framework for Analysis. Lynne Rienner, 1998 (marco clásico de securitización).
3. Giorgio Agamben. Homo sacer: el poder soberano y la nuda vida. Pre-Textos, 1998.
4. UN Human Rights Committee. Reports on the impact of counter-terrorism and emergency measures on civil liberties. ONU, 2001–2024.
XIV. Triángulo invertido, crisis de legitimidad y cierre 2026
1. Manuel Castells. Comunicación y poder. Alianza Editorial, 2009 (y trabajos posteriores sobre redes y poder).
2. David Runciman. How Democracy Ends. Profile Books, 2018.
3. UNDP. Democratic Resilience in the 21st Century. UNDP, 2023.
4. Freedom House. Nations in Transit 2024. Freedom House, 2024.

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