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EL NODO ESTRATÉGICO EN LA NUEVA ARQUITECTURA GLOBAL
Por Gisela C Ontiveros
EPISODIO 15 — La Trama del Mundo.
Una sensación difícil de nombrar
No es que el mundo esté al borde de algo. Pero hay una sensación difícil de ignorar, como si algo se hubiera
movido, apenas lo suficiente para alterar el equilibrio. Como si el sistema siguiera en pie —sí—, pero ya no del todo
igual. No es un quiebre visible ni un colapso anunciado. Es otra cosa. Es tensión.
Porque cuando se observa con detenimiento, el sistema sigue funcionando. Cada día, por el estrecho de Ormuz
transitan cerca de 17 millones de barriles de petróleo, alrededor del 20% del consumo mundial, y por esa misma ruta
circula una proporción similar del comercio global de gas natural licuado. Ese flujo no se ha detenido. Y sin embargo,
la percepción es otra.
No es que el sistema haya colapsado. Es que algo en su comportamiento empezó a cambiar.
El ruido y la realidad
Se dice que el estrecho de Ormuz podría cerrarse, que el mundo enfrentaría una crisis energética inmediata, que
estamos al borde de un colapso global. La imagen es poderosa: un punto que se bloquea y todo se detiene.
Pero el sistema no funciona así. Sí, Ormuz es un nodo crítico y por ahí pasa cerca del 20% del petróleo mundial,
pero no es un interruptor. El sistema no es una línea que se corta; es una red que se tensiona. Hay reservas, hay
ajustes, hay márgenes —cada vez más estrechos— y hay algo más que casi no se dice: un cierre total no afectaría
a uno, afectaría a todos.
Se habla de crisis energética con demasiada facilidad, como si bastara con que subiera el precio del petróleo para
asumir que el sistema está fallando. Pero una crisis energética no es eso. Una crisis ocurre cuando la energía deja
de estar disponible, cuando el suministro se interrumpe de forma real, cuando no hay suficiente para sostener la
demanda. O cuando no existe forma de sustituirla, cuando no hay alternativas en el corto plazo y el sistema pierde
capacidad de respuesta. También ocurre cuando el desequilibrio es estructural, cuando la demanda supera de forma
sostenida a la oferta y lo que falta no es percepción, sino energía.
Eso es una crisis. No el aumento de precios, no la volatilidad, no la tensión.
Lo que estamos viendo hoy es otra cosa: la energía sigue fluyendo, pero cada vez cuesta más acceder a ella.
Un sistema que ya venía bajo presión
Este momento no nace con Irán. El sistema ya venía tensionado. El crecimiento global proyectado ronda el 2.9%,
mientras la inflación en el G20 se mantiene cerca del 4%. No es estabilidad; es un equilibrio frágil. Un sistema que
avanza, pero con cada vez menos margen de error.
En ese contexto, Irán no explica el sistema, pero sí lo acelera.
Irán como nodo de inflexión
Produce cerca de 3 millones de barriles diarios y se ubica en el centro de una de las rutas energéticas más
sensibles del planeta. Además, China e India absorben aproximadamente el 44% del petróleo que cruza por Ormuz,
lo que convierte a Asia en el principal receptor del riesgo.
Lo que ocurre aquí no es una guerra abierta, sino una presión sostenida. Un desgaste que no rompe el sistema,
pero lo obliga a cambiar su comportamiento.
La lógica del desgaste
Ese cambio no es un evento aislado, sino una acumulación. Desde 2018, las exportaciones de Irán han pasado de
más de 2.5 millones de barriles diarios a niveles cercanos o incluso inferiores al millón en distintos momentos. Cada
tensión deja una marca.
El precio del petróleo puede moverse entre 3% y 8% en cuestión de días, incluso sin interrupciones reales del
suministro. Eso no es volatilidad normal; es sensibilidad estructural. El sistema ya no absorbe el riesgo. Lo
incorpora.
Cuando el riesgo se vuelve precio
El sistema energético no ha colapsado, pero ya no responde igual. El estrecho de Ormuz sigue abierto, aunque la
capacidad de desvío real —entre 3.5 y 5.5 millones de barriles diarios— está muy por debajo del volumen que
normalmente transita por esa ruta.
No hay sustitución inmediata. Y eso convierte al riesgo en precio. Más del 80% del comercio petrolero sigue
realizándose en dólares, mientras Asia concentra más del 70% del crecimiento de la demanda energética. El mapa
no ha cambiado, pero la lógica sí. El sistema es ahora más político, más costoso y más inestable.
El petróleo no solo se produce. Se financia, se asegura y se transporta. El control no está únicamente en el recurso,
sino en el sistema que lo sostiene. Cuando sube el riesgo, suben los seguros, el transporte y, finalmente, el precio
que llega al consumidor.
De los mercados a la vida
El Fondo Monetario Internacional, al analizar más de 30 economías, ha identificado a la energía como uno de los
principales motores de la inflación global.
Y eso se traduce en algo profundamente cotidiano: cuando sube la energía, no solo sube el petróleo. Suben el
transporte, los alimentos, el costo de vivir. Ahí es donde la geopolítica deja de ser abstracta y se vuelve tangible.
Pero ese impacto no se vive igual en todas partes.
Impacto desigual: África y América Latina
En África, donde más de 464 millones de personas viven en pobreza extrema y más de 120 millones enfrentan
inseguridad alimentaria aguda, el sistema no se ajusta: se desborda. En países como Nigeria, Etiopía o Ghana,
donde la inflación ha superado el 20% e incluso el 30%, el aumento de precios no es un ajuste económico, es una
pérdida directa de acceso a lo básico. Aquí, la inflación no es un dato. Es hambre.
En América Latina, el impacto es distinto, pero no menos profundo. La región crece apenas alrededor del 2.3%,
mientras más de 162 millones de personas viven en pobreza. No hay un colapso visible, sino un desgaste constante.
La comida sube, el transporte también, la renta pesa más. Sin grandes anuncios, la vida se ajusta. Se compra
menos, se pospone más, se recorta lo cotidiano.
El sistema no crea pobreza. La acelera.
El individuo dentro del sistema
Y es ahí donde el análisis cambia de escala. Porque las sociedades no reaccionan como un bloque uniforme. Están
hechas de individuos, de historias distintas, de márgenes distintos.
El sistema impone condiciones, pero no determina completamente la respuesta. Las personas no son
completamente libres, pero tampoco completamente determinadas. Viven en esa tensión.
Entre lo que pueden hacer…
y lo que el contexto les permite.
Algunos se adaptan. Otros resisten. Otros simplemente sostienen. Y hay un punto donde algo cambia: cuando lo
individual se entiende como parte de algo estructural. No para confrontarse, sino para ubicarse.
Dónde estamos — el sistema en tiempo real
Hoy, el sistema no está en colapso. Pero tampoco está en estabilidad. Está en una fase intermedia, de presión
sostenida.
La oferta global supera los 100 millones de barriles diarios y no hay interrupción estructural. Pero los precios
reaccionan más rápido, los mercados absorben menos y la percepción amplifica el riesgo.
No estamos en el evento extremo. Pero tampoco en la normalidad.
¿Quién gana y quién pierde en esta tensión?
Si el sistema se está reorganizando, entonces la pregunta no es solo qué está pasando…
sino a quién le resulta funcional.
Porque no todos pierden cuando la tensión aumenta.
En un extremo, están los sectores que operan dentro de la lógica del conflicto.
La industria de defensa, que se expande cuando la incertidumbre crece.
Los mercados energéticos, donde cada punto de fricción puede traducirse en precio.
Y ciertos actores regionales, para quienes contener o debilitar a Irán forma parte de su propia estrategia.
En el otro extremo, están quienes absorben el costo.
La economía global, presionada por energía más cara.
Las sociedades, que enfrentan inflación sin ver su origen.
Y los países más dependientes, que quedan expuestos a decisiones que no controlan.
Pero lo que estamos viendo no es solo una distribución de ganancias y pérdidas.
Es la interacción de fuerzas dentro del sistema.
Fuerzas económicas, energéticas y geopolíticas que no siempre avanzan en la misma dirección…
pero que, al cruzarse, generan presión.
Y es en esa presión donde ocurre el movimiento.
No como resultado de una sola decisión…
sino como consecuencia de tensiones que se acumulan.
Porque en este punto, la pregunta ya no es si hay conflicto.
Es entender qué lo sostiene…
y por qué.
Lo que sigue — lo que hay que observar
El rumbo dependerá de tres variables: el comportamiento del estrecho de Ormuz, la velocidad del precio del petróleo
y el costo financiero del riesgo.
Si estas variables se estabilizan, el sistema absorberá la presión. Si se aceleran, el impacto dejará de ser progresivo
y comenzará a sentirse de forma abrupta.
Esto no es un cierre. Es un seguimiento.
La arquitectura que emerge
No hay colapso. Hay reorganización. La OPEP consolida su control sobre la oferta, Asia sobre la demanda. El
sistema no cambia en apariencia, pero sí en distribución de poder.
La Voz de la Periodista
El sistema no colapsó. Pero tampoco es el mismo.
Sigue funcionando, sí… pero ahora exige más. Más resistencia. Más claridad. Más conciencia.
Porque lo que empieza en una ruta energética termina, inevitablemente, en la mesa de una familia.
Y ahí, la geopolítica deja de ser discurso. Se vuelve decisión.
Qué se compra. Qué se pospone. Qué se sostiene.
No todos pueden cambiar el sistema. Pero todos viven dentro de él.
Fuentes principales
• International Monetary Fund (IMF)
The Energy Origins of the Global Inflation Surge
2025
• OECD Economic Outlook (Interim Report)
Marzo 2026
• CEPAL (ECLAC)
Balance Preliminar de las Economías de América Latina y el Caribe 2025
• World Bank
Global Poverty Update 2025
• World Food Programme (WFP)
Global Food Crisis Reports 2025–2026
• Federal Reserve (H.10 Exchange Rates Data)

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