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✍️ Por Go Go Gittyss

El presidente Trump —según reporta Fox News— ha autorizado la salida de El Gorila, un agente militar estratégico estadounidense que se acerca al territorio iraní.

Mientras tanto, el Ayatolá permanece resguardado a 60 metros bajo tierra, en un búnker construido para resistir lo impensable.

Israel e Irán se atacan con misiles y drones.
El daño es mutuo.
Los cielos rugen, las sirenas aúllan, y los civiles —en ambos países— corren o caen.
Huyen, preguntándose por qué tanto odio.

La Cúpula de Hierro de Israel no fue invencible.
Ambos países han mostrado su vulnerabilidad.
Rusia ha aportado tecnología a Irán.
China y Corea del Norte —según reportes— han sido proveedores de armamento de destrucción masiva.

Un silencio público de Rusia y China les permite ganar en el conflicto, aunque sus intereses están más cerca de Iran.

El Estrecho de Ormuz es el tema eje de este conflicto y el petróleo que pasa en este brazo de mar angosto que conecta el Golfo

Pérsico con el Golfo de Omán y los Emiratos Árabes Unidos, al sur. Este estrecho es crucial para el comercio internacional del petróleo, ya que en él transitan un aproximado del 20% del petróleo consumido globalmente y una pequeña porción de gas. El estrecho de Ormuz tiene un flujo diario de 21 millones de barriles de petróleo.

Irán argumenta defenderse por derecho propio, tras ser intervenido violando el derecho internacional.
Israel, por su parte, sostiene una narrativa de prevención… que no encuentra sustento jurídico.

Estados Unidos si interviene y se concentra en esta guerra, estaría no solo perdiendo su narrativa de paz, estaría ocupando en una guerra que no es suya cuando la verdadera batalla que le ocupa es con China y el crecimiento económico y de poder que el país aspira en MAGA.

En este cruce de razones e intervenciones, los compromisos diplomáticos y las alianzas globales cuelgan de un hilo.
Nada está asegurado.
Nada es estable.

La belicosidad entre Irán e Israel —alimentada también por la dimensión religiosa del conflicto— lo convierte en algo más profundo.
Un tema existencial.
De trascendencia.

De ahí que nadie ceda.
De ahí que todos estén dispuestos al extremo:
a sacrificar miles, o incluso millones de vidas, en un estallido termo-nuclear que marque no solo la historia de ambos países, sino el fin de la era humana tal y como la conocemos.

Los pueblos no quieren guerra.
Pero los pueblos no deciden.

Hoy oramos, para que los tres poderes verdaderos —Estados Unidos, China y Rusia— encuentren la forma de detener esta tempestad.
Y que lo hagan antes de que nos arrastre a todos.

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