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✍️ por Go Go @Gittyss/ Gisela Ontiveros
Los acontecimientos vulven a ajustar el lente de esta lupa. Los mapas estaban sobre la mesa, pero las líneas ya no eran fronteras: eran movimientos. Silenciosos, envolventes, ambiguos. Como si tres jinetes cabalgaran desde extremos distintos del mundo, sin tocarse jamás, pero marcando el ritmo de todo lo que ocurre. Trump. Xi. Putin.
Estados Unidos anuncia una tregua en África: Ruanda y Congo cesan el fuego. Un gesto de paz que llega mientras Netanyahu, desde Washington, habla de detener la ofensiva sobre Gaza, e incluso lanza la propuesta de un nuevo acuerdo nuclear con Teherán.
¿Paz verdadera o pausa estratégica? Porque mientras eso ocurre, Israel sigue bombardeando Yemen en respuesta al ataque hutí a un barco griego, y al mismo tiempo insiste en “exterminar” a Hamás. Todo mientras Teherán abre la puerta a una posible negociación con Washington… si se le garantizan ciertas condiciones.
La lupa se detiene. Es un ajedrez. Y Trump parece estar moviendo más piezas de las que se notan. Con una mano ofrece treguas, con la otra impone aranceles: a Japón, Corea del Sur, y a los países que coqueteen con el bloque BRICS. Ha suspendido el envío de armas a Ucrania, aunque días después revierte la decisión —¿fue parte de la jugada o simple improvisación?
Mientras tanto, en otra parte del tablero, China y Rusia avanzan sin decir palabra. El bloque BRICS se fortalece, Brasil recibe a los aliados incómodos de occidente, y hay rumores —pocos, pero insistentes— de que Xi Jinping ya no gobierna solo. Un grupo del Partido Comunista habría tomado el control real, y es ese grupo el que ahora estaría negociando con Washington.
Putin, por su parte, se mantiene como el jinete que nunca se detiene, pero ya no cabalga solo. Desde Moscú, se gesta un nuevo partido político que podría redefinir su juego interno… o sólo ser una sombra más en su estrategia exterior.
Y entonces aparece otro nombre: Pakistán. Ese peón del tablero que ha comenzado a moverse como torre. Su relación con Irán, su papel ambivalente con China, su contacto sigiloso con Rusia y su cercanía con Estados Unidos lo colocan en una posición delicada. ¿Aliado, mediador o infiltrado?
La lupa enfoca ahora la frontera sur de Estados Unidos. Las redadas regresan. Trump reactiva la narrativa del muro, del enemigo externo. Se cancelan programas para inmigrantes hondureños y nicaragüenses. Se habla de “células dormidas”, de Hezbollah y Hamás infiltrados, de narcoterrorismo desde América Latina. La frontera ya no es una línea: es un símbolo de control total.
Y en paralelo, México se inquieta. Vienen nuevas declaraciones de Ovidio Guzmán en Chicago. Se espera que revele nombres, pactos, rutas. Ya circula una lista de bancos que podrían estar bajo investigación por lavado de dinero —entre ellos, Monex, Actinver, Value—, y el rumor de vínculos con hijo de exmandatario mexicano crece como una sombra sobre Palacio.
Hezbolá, Gaza, BRICS, aranceles, fronteras. Todo suena desconectado, pero no lo está. En cada nota, en cada frase, hay un guion no dicho, una narrativa que se entreteje con precisión quirúrgica.
La pregunta ya no es quién gana la guerra.
La pregunta es: ¿quién está escribiendo la paz?

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