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✍️ por Go Go @Gittyss | Gisela Ontiveros

Pronóstico Reservado

Era 4 de julio y mientras en Washington llovían fuegos artificiales celebrando el Día de la Independencia, algo más poderoso estallaba en los sótanos del Capitolio. Un paquete fiscal sin precedentes acababa de ser firmado por el presidente Trump. Lo llamó “One Big Beautiful Bill”, y con ello, una nueva arquitectura de poder empezaba a tomar forma.

Miles de millones de dólares fueron asignados a reforzar la frontera, ampliar las detenciones migratorias y triplicar la capacidad operativa del ICE. La narrativa oficial lo vendió como una medida para proteger el sueño americano. Pero detrás de ese discurso, comenzaron a moverse piezas mucho más complejas.

Redadas silenciosas empezaron a ejecutarse en distintos estados. Drones no tripulados patrullaban zonas fronterizas con instrucciones quirúrgicas. No se trataba de cualquier operativo. Era el inicio de una ofensiva quirúrgica contra los cárteles. Y no cualquier cártel: el de Sinaloa, el CJNG, el Tren de Aragua. Se les nombró por primera vez en voz alta como organizaciones terroristas.

El caso Ovidio, programado para el 9 de julio, amenaza con ser el hilo que deshilache toda una red. Su declaración podría detonar información crucial sobre rutas, lavado de dinero y pactos ocultos. Y en ese mismo marco, tres bancos mexicanos fueron señalados directamente por Estados Unidos por presuntamente financiar el engranaje del narcotráfico: CIBanco, Intercam y Vector.

Pero el asunto no termina ahí. En el subsuelo de esta narrativa aparece otra madeja: la geopolítica. En los márgenes del continente, células ligadas a Irán, Hezbolá y Hamas comienzan a conectarse con rutas de tráfico que no solo mueven drogas, sino personas, armas y tecnología. Todo esto bajo la protección o la ignorancia selectiva de gobiernos débiles o cómplices.

México, atrapado en medio, acaba de cruzar una línea delicada. Reformas legales votadas al vapor le dan al Ejecutivo mexicano un poder sin contrapesos. Se legaliza la recopilación masiva de datos personales. Se criminaliza la protesta. Se militariza el espacio público. Todo bajo el argumento de la seguridad, pero con la sombra de un Estado que se acerca peligrosamente al autoritarismo.

Y no es coincidencia. Hay quienes aseguran que esta política de datos biométricos fue sugerida —o exigida— por agencias estadounidenses. Porque para desmantelar al narcotráfico no solo hace falta atacar a los capos. Hace falta desarticular sus bases, sus flujos, sus escudos. Y eso implica vigilar a todos. Pero una idea más le ha surgido al gobierno de México, servirse de ella para prolongarse en el poder aunque, veamos si es sustentable esta idea para con ellos y sus aliados.

Trump lo dejó claro sobre los inmigrantes: quienes paguen impuestos podrán aspirar a regularizar su estatus. Pero quienes no lo hagan —y especialmente quienes representen una amenaza— serán expulsados. No por odio, sino por orden, dice él. “No podemos mantener a quienes no pagan impuestos mientras nuestros ciudadanos están desempleados”, declaró hace unos días. El mensaje fue directo.

El objetivo no parece ser solo exterminar el narcotráfico. La verdadera operación podría estar dirigida a rediseñar todo el ecosistema del tráfico ilegal. No para erradicarlo del planeta, sino para que deje de operar como ahora funcionan, dado que están siguiendo de fondo la ruta del dinero. Las nuevas formas podrían pasar por otros países, más vigilados, más controlados, más dependientes o quizá con otras forma de vigilancia y control.

¿Y México? Entre reformas internas que refuerzan el control del Estado y una presión externa que exige resultados, la nación parece deslizarse hacia un modelo que recuerda demasiado a la China de hace dos décadas: autoritaria, ordenada, productiva. ¿Podría ser esta la apuesta silenciosa? Un México funcional para los intereses de seguridad y comercio, pero sin las libertades plenas de una democracia viva.

El telón se levanta. Las luces apuntan a otra América con reflectores hacia México, Venezuela, Cuba y Nicaragua. Y en esta nueva obra, los actores ya están en escena. La narrativa se escribe todos los días y autor es Estados Unidos, el eje del Nuevo Orden Americano. Es él quién tiene el proyecto y tiene el programa y está poniendo a girar al resto, y como piezas de dominó enfiladas caen lentamente y pacíficamente.

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